Carnaval 2019: La murga porteña por dentro

Por Jeremías Batagelj

Empieza el carnaval en la Ciudad de Buenos Aires. Miles de vecinos saldrán a las calles, o en su defecto, a plazas y clubes, para disfrutar durante doce días a los murgueros y sus canciones. Pero no todo es bombos, lentejuelas, bailes y sonrisas. Diario Z dialogó con distintas murgas para conocer también el inframundo de los corsos: meses de planificación, esfuerzo comunitario, pocos recursos y falta de apoyo estatal son problemáticas que no son reflejadas por las luces del escenario.

Natalia Yacriti se la nota ansiosa. Si bien todavía atiende gente en su local y hasta acepta la entrevista de Diario Z, su cabeza está a varias cuadras de distancia de su trabajo. Es que en pocas horas, su murga, los Fantoches de Villa Urquiza, va a salir a recorrer -como hace 69 años- las calles porteñas con su arsenal de treinta bombos, otra decena de redoblantes y cientos de banderas. “Estas últimas horas es un caos psicológico. Porque hay que estar en los detalles de la organización, de los integrantes y además del nerviosismo de uno”, relató Yacriti, quien hace 21 años dirige, junto a su esposo, a los Fantoches, una de las murgas más numerosas de la Ciudad, con alrededor de 200 integrantes. “Pero a la vez siento una alegría inmensa, como todos mis compañeros. Y esa felicidad es la que queremos transmitir a la gente”.

“Como arrancamos mañana, nosotros estamos a las corridas”, comentó en la misma sintonía que Yacriti, Camila Nogueira, de la murga Los Viciosos de Almagro. “Algunos terminando el traje, otros repasando la música. Es un bardo, pero es re lindo”, agregó.

Y si bien el Carnaval es para toda la Ciudad, los murgueros se identifican con un solo barrio: el suyo. “Somos de Parque Patricios. Y ese sentido de pertenencia con el barrio se traslada a lo que hacemos en la murga”, explica Gabriel Nenna, integrante de Zarabanda Arrabalera, una banda que mezcla el ritmo clásico de la percusión murguera con el compás y las letras tangueras. “Y no hay que ser un experto en el tema para saber el vínculo de Parque Patricios con el tango”. Pero no es la única. Los Duendes de Caballito, los Mimados de La Paternal, los Amantes de La Boca, por sólo nombrar algunas de forma aleatoria, se configuran -incluso en sus nombres- como barriales antes que porteñas.

El lado B del Carnaval

El Carnaval, tal como promociona el Gobierno de la Ciudad, durará doce días: todos los fines de semanas de febrero hasta los dos días del primer feriado de marzo, justamente el de Carnaval. La planificación de la murga, en cambio, data de mucho tiempo antes. “Empezamos en mayo del 2018 a pensar la propuesta para este año”, explicó Nenna. “Nosotros arrancamos a mitad de año. Para este Carnaval, ensayamos en una plaza, como no lo hacíamos hace mucho tiempo al aire libre”, agregó Nogueira, quien, de sus 24 años de vida, 17 los pasó bailando en la murga de Almagro. “Estuvo re bueno ocupar los espacios públicos del barrio para esta preparación. Quizás a algún que otra persona le molestó el ruido desde su casa, pero en general, la gente se prende a escuchar”, explicó para graficar esa relación peculiar entre vecinos de la zona y la murga.

Además del tiempo para preparar el espectáculo, la murga -como tantas otras organizaciones- tiene otra problemática que complica su subsistencia: el dinero. “Dinero para el traje, dinero para el micro, dinero para la fantasía, dinero para los instrumentos”, argumentaron los murgueros. Desde 1997, cuando se declaró a las murgas Patrimonio de la Ciudad, el gobierno porteño es quien debe “propiciar las medidas pertinentes para que las mismas puedan prepararse, ensayar y actuar durante todo el año”, de acuerdo con la Ordenanza Nº 52.039. La realidad es otra. “Con el subsidio que nos dan nos alcanza sólo para cubrir el 60 por ciento del micro. Ni hablar que nos pagan al otro año, es decir, sin considerar la inflación”, explicó Nenna. Yacriti, quien coordina a las mascotas de Los Fantoches de Villa Urquiza (tal como se conocen a los nenes que bailan al compás de los bombos) es la encargada de llevar los números del grupo. “Nos alcanza para 4 noche de las 12 del Carnaval”, aseguró y agregó que “todo lo demás sale de nosotros”. “Es todo a pulmón”, cerró la idea Nogueira.

Un festejo oculto

El año pasado, el Carnaval tuvo -de acuerdo a las cifras del Ministerio de Cultura porteño- un millón de espectadores. “Para este año esperamos, al menos, la misma cifra que el 2018”, dijo, en varias entrevistas, Silvia Coca, coordinadora del Programa Carnaval Porteño. Quizás la diferencia más radical con el año pasado es que para este Carnaval, muchos vecinos no irán a las calles a ver los corsos, sino que algunos de los festejos serán en plazas y clubes. Para los organizadores es un gran avance, para los murgueros, no tanto. “Es como que te van corriendo, despacito y con calidad”, anuncia Yacriti. “Es complicado. La propaganda que hizo el Gobierno es que habrá menos cortes este. Y no es lo mismo mostrar los cortes de calles que anunciar donde van a pasar los corsos”, compartió Nogueira. “Lo mejor es que el vecino te disfrute en la calle. Que se acerque y sienta lo que viven las murgas. En un lugar cerrado es muy reducido. Y no hay nada peor que un corso sin gente”, agregó.

Tal como en sus espectáculos, los murgueros cierran la entrevista con un acto de retirada. Al ser consultados por lo que significa, para ellos, el Carnaval, los tres repiten los mismos conceptos: alegría, disfrute y fiesta popular. Los murgueros reconocen “la difícil situación económica” pero recomiendan “ir a los corsos a relajarse y disfrutar”. Algo así como las penas se van cantando de Celia Cruz. “Pero más que palabras, tienen que estar para saber realmente como se vive”, cerraron.