#nieto130

El #nieto130 se llama Matías Darroux Mijalchuk

Durante casi 40 años, Roberto Mijalchuk no cambió la línea de teléfono, con la esperanza de que algún día alguien le diera una pista sobre su hermana desaparecida. El que lo llamó fue su sobrino, robado a la familia cuando secuestraron a la madre y él tenía pocos meses de vida.

«Gracias, tío, por no dejar de buscarnos», manifestó Javier Matías Darroux Mijalchuk esta semana en la conferencia de prensa de las Abuelas de Plaza de Mayo. Javier, de 41 años, fue presentado esta semana como «el nieto 130», el más reciente argentino al que las Abuelas de Plaza de Mayo ayudaron a descubrir su identidad.

Javier Matías Darroux Mijalchuk siempre supo que los padres que le criaron no eran su familia biológica, pero no se interesó por su pasado hasta hace unos años. «Para mí, desde un convencimiento muy interno, tenía la certeza de que mis padres podrían haber sido desaparecidos por la dictadura militar, pero yo estaba bien con quien era y no me interesaba en una búsqueda con resultado incierto que desgastaría mis energías vanamente», explicó. Recién en 2006 fue cuando en entendió, dijo » el egoísmo de mi postura (…) «Si no era importante para mí —o eso creía—, tenía que ser consciente de que en el otro lado podía estar buscándome un hermano, un tío, una abuela».

Animado por su pareja y dos amigos, Javier se acercó a la organización de Abuelas de Plaza de Mayo. Y descubrió que era el hijo -raptado por las fuerzas de seguridad- de Elena Mijalchuk y Juan Manuel Darroux, desaparecidos en diciembre de 1977.

«Creo que hay muchos a quienes les pasa una sensación similar, así que los invito a juntar coraje y a acercarse» a Abuelas, instó.

Según explica Abuelas en su página web, los «secuestros» de la familia del «nieto 130» empezaron con su padre, Juan Manuel Mijalchuk, quien trabajaba en tareas administrativas en la Universidad de Morón, en la provincia de Buenos Aires, y desapareció a principios de diciembre de 1977.La última vez que un familiar lo vio fue discutiendo «acaloradamente con cuatro hombres que lo subieron a una Chevy azul metalizada».

La madre, Elena, quien por entonces estaba embarazada por segunda vez, recibió una carta firmada por su marido en la que le indicó un lugar y una fecha para encontrarse. Sus padres le llevaron, junto a su bebé de pocos meses, y esa fue la última vez que los vieron.

Javier Matías fue encontrado abandonado en una calle cercana a la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), donde funcionaba el mayor centro clandestino de detención del régimen militar, que apresó allí a cerca de 5.000 personas secuestradas. Lo dieron en adopción legal a una familia que lo crió bien, que nunca le ocultó que era adoptado pero que no sabía su procedencia real, según esa misma fuente.