«En el crimen de Gesell está presente la violencia como forma de afirmación masculina»

“Para los jóvenes de nuestro tiempo hay una crisis de modelos identificatorios, ya que la generación anterior no funciona como sostén o soporte”. Luciano Lutereau toma como disparador el asesinato de Fernando Báez Sosa en Villa Gesell para pensar qué modelos de masculinidad, adolescencia y crianza, se ponen en juego para luego explotar en episodios violentos. Lutereau es psicoanalista, doctor en Psicología y Filosofía, profesor universitario y escritor de varios libros (los últimos: Fantasías fundamentales: deseo culpa y género, Ediciones La Cebra, 2018, y Más crianza, menos terapia: ser padres en el siglo XXI, Paidós, 2018).

El asesinato de Fernando Báez Sosa en manos de un grupo de jugadores de rugby provocó una catarata de interpretaciones acerca de la relación entre jóvenes, nocturnidad, alcohol, violencia, drogas. ¿Cuál es su lectura? ¿Qué hechos se concatenaron para que sucediera algo así?

-Hay lecturas que hacen de este hecho la confirmación de una situación general, de legitimación a través de la violencia en adolescentes varones; otras intentan situar una especificidad, por ejemplo, cuando se habla del «mundo del rugby». Creo que ambas orientaciones tienen su sentido, mientras no pretendamos que un hecho semejante se explica con una causalidad lineal. Estas no ocurren porque pasaron otras antes. Se trata de un acontecimiento, de la irrupción de una lógica que funcionaba de manera latente. Entre los precedentes quisiera destacar: la noche de los jóvenes, el grupo de varones como célula de acción y la violencia como forma de afirmación masculina.

-Cuando sucede un hecho de estas características, suele marcar que posiblemente sea la punta de un iceberg, ¿qué representa este hecho en el marco de la juventud actual?

«Entre los precedentes quisiera destacar: la noche de los jóvenes, el grupo de varones como célula de acción y la violencia como forma de afirmación masculina».

Definiciones de Luciano Luterau, psicoanalista y filósofo.

-En principio nos muestra la desprotección en que viven los adolescentes. Como hace rato digo: para los jóvenes de nuestro tiempo hay una crisis de modelos identificatorios. La generación anterior no funciona como sostén o soporte, incluso para oponerse, sino que la convivencia generacional (que a veces no haya una distinción tan clara entre una persona de 20 y una de 40) deja a los más adolescentes en una posición infantil, sin incentivos para asumir la adultez y comprometerse en una vida pública. Entonces apenas encuentran funcionamientos episódicos, dispersos y disruptivos, con códigos grupales, de gueto, para realizarse. Para un adolescente hoy el mundo con otros es una prolongación de su intimidad cotidiana, por eso le cuesta tanto anticipar que el espacio con otros tiene mucho más que normas o reglas que si no se cumplen hay castigos, sino una ley que debería protegernos a todos. Por ejemplo, casi ningún adolescente que maneja tiene presente el riesgo que implica manejar alcoholizado y no son pocos los jóvenes que lo hacen igual.

-También suele primar una mirada del «antes esto no pasaba», ¿esto realmente es así?

-Antes pasaban otras cosas. La comparación no es benéfica. En todo caso creo que la violencia siempre estuvo presente en el modelo de crecimiento de los adolescentes varones, sobre todo la demostración de alguna potencia. Por lo general esta demostración suele ser inútil, sacrificial, implica una suerte de riesgo. El punto es cuando estas formas de iniciación no se suplementan con otras vías simbólicas. Esto es lo que ocurre hoy. Para decirlo simple: un adolescente del siglo XXI no encuentra más que la violencia y el sexo sin amor como vía para sentirse adulto.

-¿Qué modelos de crianza y familia se están engendrando en el marco de una sociedad con sesgo individualista, competitiva y poco empática?

-Sobre todo me interesa el tema de la empatía, el modo en que opera la declinación de los criterios comunitarios, poner al otro en un lugar instrumental. Esta es la lógica de nuestra sociedad, no es algo privativo de los adolescentes. La cuestión es que ese estilo de relación impacta de manera propia en los jóvenes: rápidamente pierden el sentido de lo social, mientras que quizá sí, en otra época, tenían una capacidad mayor de objeción del funcionamiento de los adultos, eran más críticos. No es que los jóvenes de hoy no quieran cambiar el mundo, algunas de las causas políticas más importantes de nuestra sociedad fueron impulsadas por adolescentes, pero su participación no es por oposición a los adultos sino tomando su relevo (actúan una adultez ficticia) y eso a veces los expone, los deja en una posición vulnerable, incrementa los riesgos.

«Un adolescente del siglo XXI no encuentra más que la violencia y el sexo sin amor como vía para sentirse adulto».

Luciano Luterau

-¿Es posible relacionar estas nuevas formas de consumo compulsivo capitalista con la violencia adolescente?

La madre de Fernando Báez Sosa encabezó la marcha para pedir justicia por su hijo.

-Aquí me interesa hablar específicamente de los varones. Para los adolescentes hay algo más que el consumo como explicación. En todo caso, el consumo gana terreno sobre una estructura previa: la desarticulación de los ritos simbólicos de la masculinidad. Antes los varones se iniciaban, hoy simplemente cumplen «desafíos» fatuos, juegan a ser grandes, pero sin que importe ya la idea de convertirse en un hombre. Ser un hombre era un valor de la masculinidad, asociado a ciertas premisas éticas, por ejemplo, en una pelea no se le pegaba a nadie en el piso ni por detrás. La valentía dejó de ser un valor. No idealizo este rasgo, también fue un sufrimiento para todos aquellos que se masculinizaron sobre el telón de fondo de la cobardía; pero sí ocurre hoy que no hay una alternativa consistente para el modelo hegemónico de masculinidad. Por eso yo hablo de «destitución masculina» desde hace algunos años.

-¿Qué rol juegan desde tu punto vista las redes sociales? ¿Son un medio para qué fin?

-Las redes no son buenas ni malas, son un medio y un fin. El punto central para mí es la desinhibición que facilitan. Estimulan una forma anónima de intervención, la extensión de la intimidad por sobre el valor de la palabra pública (responsable), con la impunidad que implica no tener que poner el cuerpo. En las redes todos dicen lo que no dirían en persona. De esta forma, incentivan el ocultamiento y la pasión espontánea, la inmediatez sin disculpa, como modelo de interacción suponen un sujeto infantil y vanamente agresivo.

-En los últimos años la cifra de suicidios ascendió a 12,7 % cada 100.000 adolescentes entre los 15 y los 19 años y hoy constituye la segunda causa de muerte en la franja de 10 a 19 años, según el estudio “Suicidio en la adolescencia. Situación en la Argentina” (UNICEF). ¿Qué lectura hace de esta estadística? ¿Estos datos están relacionados con lo anterior?

-La violencia grupal y el suicidio son dos caras de la misma moneda, es decir, son la salida de una agresión que no se puede canalizar por vías de realización simbólica. Por otro lado, violencia y agresión son cosas diferentes. La agresión surge en una relación cuerpo a cuerpo, como resultado de una tensión o conflicto, es una manera lábil de resolución, basada en el fracaso de la palabra. Mientras que la violencia depende de instituciones, es decir, cuando fracasa una institución el resultado es violencia, que puede ser agresiva o no. Hoy los adolescentes están más expuestos a la violencia porque las instituciones que deberían ampararlos (filiación responsable, acompañamiento supervisado, diálogo asimétrico) están en crisis. Fracasó el mundo de los adultos para los adolescentes, por eso están desprotegidos. Ya no somos una sociedad basada en que una generación reemplace a otra. Por eso la muerte de adolescentes, por homicidio o suicidio, es una pauta general.

-¿Desde qué lugar se puede abordar estas problemáticas (violencia, aislamiento, suicidios) cuando hablamos de jóvenes y adolescentes? ¿Qué es lo que nos está faltando como sociedad para advertir, prevenir y actuar?

-Este tema lo vengo conversando hace tiempo con el psicoanalista Joseph Knobel Freud y con la filósofa Diana Sperling, con quienes coincidimos en la importancia de retomar la idea de filiación, es decir, de relación entre generaciones y recuperación de ciertos ritos de pasaje. Se pueden hacer talleres con adolescentes, espacios de conversación, pero la transmisión no es intercambio de información sino una compleja trama de autorizaciones y confianza progresiva.