La hora de los animales: pájaros, polillas y roedores en una ciudad silenciosa

Por Franco Spinetta. Especial Diario Z

La ciudad se apagó. Y los bichos empiezan a asomar. Millones de personas se retiraron de las calles, los autos dejaron de circular, el transporte fue reducido al mínimo imprescindible y, de repente, en la jungla de cemento empezaron a aparecer, de a poco, algunos de sus animales. Así lo registran los vecinos que perciben más presencia de ratas, ratones y comadrejas. También una invasión de polillas de gran tamaño, aunque ésta sea por una cuestión estacional: ahora, con más tiempo disponible y más horas en casa, la percepción de la naturaleza se multiplica.

La presencia de las polillas obedece a una cuestión estacional.

“Biológicamente, la principal fuente de disturbio es el movimiento de vehículos, el ruido, la presencia humana… todo eso ha desaparecido, por lo tanto el hábitat se ha vuelto más amigable para ciertos animales, que de los suburbios pasan a las ciudades. No hay mucha más explicación que esa”, dice a Diario Z la prestigiosa bióloga María Elena Zaccagnini, copresidenta de la Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos (Ipbes).

Las ratas que solían aprovechar la basura de las calles, acumulada por el tránsito de millones de personas, ahora buscan su alimento adentrándose en lugares que antes no necesitaban visitar. “Son especies que aprovechan residuos fáciles de obtener y al no haber perturbación se quedan y son más visibles”, explica Zaccagnini, para quien durante la profundización de la cuarentena pueden pasar “muchas cosas que no previmos. Es una situación muy nueva para nuestra generación, la incertidumbre nos ha inundado”, advierte.

“Toda ciudad tiene una diversidad biológica propia”, sostiene Claudio Bertonatti, naturalista y ex director del Zoológico porteño. “En general, se trata de especies que en biología se conocen como ‘especies R’. Son las ‘pioneras’, las más ‘rústicas’, ‘elásticas’ o de bajas exigencias ecológicas para sobrevivir. Las hay autóctonas de cada región donde están emplazadas las ciudades y también exóticas. En una ciudad, entonces, con menor carga de gente y vehículos circulando es lógico que los espacios verdes tengan mayor presencia de fauna, desde mariposas hasta aves, reptiles y mamíferos (en un country bonaerense se filmaron carpinchos con crías cruzando una calle, por ejemplo). Y desde luego, las especies ‘R’ como las invasoras (ratas sin ir más lejos) estarán de parabienes”, explica.

El caso de las polillas, tan comentado en las redes sociales, tiene que ver estrictamente con un tema estacional y se trata de una especie en particular que no come la ropa ni afecta la salud.  “Como ahora la gente está más tranquila en su casa, empieza a observar” -dice Hernán Casañas, director ejecutivo de la ONG Aves Argentinas-. Claramente la vida silvestre irrumpe en los lugares donde hay menos gente y hay más silencio, empieza a haber registros de bichos que no son frecuentes, algunas aves, también las comadrejas andan más panchas por las calles.”

Casañas asegura que el silencio y la tranquilidad van a propiciar la aparición de aves que usualmente no andan por las ciudades. Más bien, las esquivan. “Mirá, por ejemplo, en el jardín de mi casa comenzó a cantar una yerutí ayer (un tipo de paloma), antes no la había registrado, es una especie que suele andar en lugar más tranquilos; y alguien de La Matanza me dijo que vio carpinteros reales en su cuadra, algo inusual. Otra cosa que puede estar pasando es que al haber menos movimiento en las calles hay más presas disponibles para las rapaces y estas están más activas”.

Una organización internacional llamada E-Bird lleva un registro de las especies de cada región. En Buenos Aires, hay 358 especies de aves inventariadas (https://ebird.org/argentina/home). Todo un universo para descubrir desde el balcón.

En otras ciudades del mundo, la fauna empezó a “invadir” las ciudades. Osos, zorros, ciervos, jabalíes, carpinchos, pavos reales, patos y cisnes se apropiaron, aunque sea por un rato, de las calles.

“Es un mensaje similar al del entorno de Chernobyl, donde ocurrió el desastre radioactivo: la naturaleza tiene resiliencia y cuando dejamos de agredirla tiene capacidad para recuperar sus espacios perdidos”, dice Bertonatti, quien a su vez avisa que en la Ciudad de Buenos Aires “no puede haber muchas sorpresas” como las registradas en otras grandes ciudades. “El conurbano funciona como un filtro agresivo. No es imaginable que un gran mamífero como uno de los ciervos de los pantanos que todavía pueblan el Delta bonaerense aparezca caminando en la city porteña”, ensaya. “Pero sí puede pasar que desde los ‘bordes’ inmediatos de la ciudad, como las reservas Costanera Sur, Costanera Norte y los grandes espacios verdes aparezcan aves, anfibios, reptiles y hasta mamíferos medianos (como coipos o falsas nutrias) que normalmente sobreviven en ellos”, añade.

Para Casañas, la cuarentena es un “buen momento para conectar con la naturaleza que nos rodea”. Bertonatti amplía que “esto que nos pasa es una oportunidad para darnos cuenta de que las agresiones a la naturaleza (en el caso que nos vincula con el coronavirus: la reducción de hábitat para la fauna silvestre y el consumo de su carne) traen consecuencias y que no hay escapatoria”.