Hay casi 7.000 casos de dengue y los más afectados tienen entre 15 a 24 años

Por Franco Spinetta. Especial para Diario Z

El último Boletín Epidemiológico del gobierno porteño registró un nuevo ascenso en las personas infectadas con dengue. Con 6.896 casos concentrados en un 90% en 19 de los barrios de la Ciudad, el dengue es por lejos de las enfermedades infecciosas que más problemas está generando en la población, más allá de la atención que consume el coronavirus. La especialista Sylvia Fischer analiza las causas del crecimiento ininterrumpido de casos.

La Dra. Sylvia Fischer advierte que es indispensable un cambio de conducta que elimine los cacharros donde pueden criarse las larvas.

El parte oficial consignó además que 6.591 de las personas infectadas no viajaron a una zona con circulación viral y afecta a la misma cantidad de hombres que de mujeres.

El barrio más afectado es Flores, seguido por Barracas, Soldati, Vélez Sarsfield y Villa Lugano, que concentran el 55% de los casos. La población con mayor riesgo está representada por el grupo de 15 a 24 años, seguida por el de 25 a 34, especificó el informe sanitario. Desde marzo, la Ciudad entró en el llamado “escenario 3”, considerado de “alto riesgo”, que a diferencia de otras fases ya incluye la existencia de dengue, fiebre amarilla, chikungunya y zika.

Sylvia Fischer, investigadora del Conicet y docente de la Facultad de Ciencias Exactas (UBA), integrante del Grupo de Estudios de Mosquitos de la Argentina, dijo a Diario Z que para entender el brote de dengue que atraviesa la Ciudad hay que enfocarse en las poblaciones del mosquito transmisor aedes aegypti y en el comportamiento de las personas que suelen visitar las zonas endémicas, principalmente el noreste argentino y los países limítrofes Paraguay, Brasil y Bolivia.  

“El dengue es transmitido por el mosquito y esa es la clave. El mosquito tiene una dinámica estacional, en verano hay alta abundancia hasta principios de otoño, y después no hay prácticamente mosquitos adultos, sólo huevos. En primavera empiezan a nacer de nuevo”, señaló la especialista. Al no tener mosquitos todo el año, el “inicio de la existencia de casos de dengue depende de la gente que viaja a zonas de transmisión continuadas. Vienen infectados, acá los pica el mosquito y lo empiezan a transmitir”.

Es decir, la epidemia local está fuertemente conectada con la presencia de casos en las zonas endémicas, como sucedió este año y en 2016, cuando se registró un brote de similares características al actual. ¿Por qué se dan esos ciclos? Aún está en estudio. “Depende de los ciclos climáticos y de las condiciones epidemiológicos. Todavía se estudia por qué se producen por ciclos en las regiones”, explicó Fischer. Y agregó: “Acá va a depender siempre de la gente que viaja y vuelven infectados. Así se origina el brote”.

Ahora bien, según los datos aportados por el Boletín Epidemiológico, la enorme mayoría de los casos actuales en la ciudad son de transmisión local y esto tiene que ver, según Fischer, con un fuerte descontrol en las poblaciones de mosquitos.

“Tenemos riesgo constante” -advirtió Fischer-. “Lo que debería hacerse es trabajar en forma continuada en la prevención contra la abundancia de mosquitos”.

“Es complejo controlar a la gente que viaja. Hay muchos casos asintomáticos. La parte, en teoría menos complicada, es controlar la población de mosquitos. Esto evitaría la transmisión. Pero en la práctica es muy complejo. El mosquito es doméstico y está en lugares de acceso privado”, señaló.

“El Estado se tiene que ocupar, es cierto, pero necesita de la participación ciudadana. Tiene que informar adecuadamente, hacer campañas de descacharrización, informar sobre las características de las larvas y por supuesto mantener los lugares públicos libres de mosquitos. Pero en las casas, depende de cada uno. Es imposible que el Estado se meta en todas las casas. Hay que articular y lleva muchos años de trabajo continuado. Como es un problema que no pasa todos los años, nos olvidamos, se relativiza o hay otras prioridades”, añadió.

Por último, Fischer planteó un “cambio de hábito más profundo”. “Hay que grabarlo a fuego, incluirlo en las currículas de las escuelas: no se puede tener cacharros juntando agua en los fondos”, concluyó.