Cinco novelas cortas para leer en medio de la “dispersión” que provoca la cuarentena

A pesar de que en apariencia la cuarentena debería dejar más tiempo para la lectura, la suma de preocupaciones, desde económicas a familiares, y el permanente bombardeo de información, dificultan la posibilidad de concentrarse en la literatura. Por eso, la histórica librería Zivals publicó en su página web la recomendación de cinco novelas cortas, propicias para  “la dispersión inevitable que produce la pandemia”.

Estos son los títulos y los autores.         

Reencruentro, de Fred Uhlman: Esta pequeña novela resurge con la misma capacidad de conmover que cuando se publicó por primera vez en 1960. Su repentino e inesperado éxito hizo que sea traducido y leído en el mundo entero. Dos jóvenes de dieciséis años son compañeros de clase en la misma escuela de enseñanza media. Tras el ascenso de Hitler al poder, un entra a formar parte de la fuerzas armadas nazis mientras el otro  parte hacia el exilio. Muchos años después, instalado ya en Estados Unidos, donde intenta olvidar el siniestro episodio que los separó, y en principio para siempre, reencuentra a Hans, en cierto modo, al amigo perdido.

 Okasan, de Mori Ponsowy. Okasan, que significa “madre” en japonés, es una experiencia de vida y un camino hacia la aceptación del rol materno cuestiona viejas categorías sociales. La narradora viaja por primera vez a Japón para visitar a su hijo, quien se ha ido a vivir a ese lejano país. A la extrañeza y fascinación por esa cultura tan distinta, se le suma el descubrimiento de su propio hijo, ahora un adulto independiente que ha armado su vida en otro lugar, en otra dimensión.  

Seda, de Alessandro Baricco. Esto es algo muy antiguo. Cuando no se tiene un nombre para decir las cosas, entonces se utilizan historias. Así funciona. Desde hace siglos. El autor presentaba la edición italiana con estas palabras: “Ésta no es una novela. Ni siquiera es un cuento. Ésta es una historia. Empieza con hombre que atraviesa el mundo, y acaba con un lago que permanece inmóvil, en una jornada de viento. El hombre se llama Hervé Joncour. El lago, no se sabe. Se podría decir que es una historia de amor. Pero si solamente fuera eso, no habría valido la pena contarla”. Deseos, y dolores, que se sabe muy bien lo que son, pero que no tienen un nombre exacto que los designe. Y, en todo caso, es nombre no es amor.

Intimidad, de Hanif Kureishi. ¿Por qué un hombre deja de amar a una mujer? Jay es un escritor y guionista cinematográfico de cuarenta años. Tiene todo lo que se puede desear a su edad: una carrera exitosa, fue nominado al Oscar por uno de sus guiones, tiene una mujer ambiciosa e inteligente que trabaja en la industria editorial, dos hijos a los que quiere, una casa donde cada día, mientras Susan va a su trabajo, él se queda a escribir. Pero, después de seis años, Jay ha decidió terminar. Hoy es la última noche de una etapa, mañana se marchará de casa para siempre, aunque Susan todavía no lo sabe. Cuando ella va a trabajar, Jay pondrá unas pocas cosas en una maleta y sin que nadie lo vea se irá a vivir temporalmente a casa de Victor, un amigo de su misma edad que lleva algún tiempo divorciado. Abandonar a sus hijos le resulta insoportable, pero quedarse significa resignarse a la infelicidad. A una vida de la que la pasión y el placer se escapan. 

Las estrellas, de Paula Vázquez. Del poder de las palabras están hechas las columnas que sostienen a la protagonista de “Las estrellas”, la primera novela de Paula Vázquez. Y de ese mismo poder se nutre el texto, que en un primer plano cuenta los días de enfermedad y despedida de una hija a su madre para hacer lugar, inmediatamente, a un relato luminoso y profundo sobre el vínculo y sobre cómo la vida se abre camino.   
“Un libro inestable que cruza crónicas, poemas, ensayos y el relato intenso de una despedida. ¿Soltamos a los seres queridos para que se puedan ir? ¿Los escribimos”, arriesga el gran Fabián Casas desde la contratapa de la novela.