“No es momento de generar más estrés con cambios alimentarios pero sugiero disminuir las raciones”, dice un experto en obesidad

Por Franco Spinetta. Especial para Diario Z

 Julio Montero, médico nutricionista y presidente de la Sociedad Argentina de Obesidad y Trastornos Alimentarios (SAOTA), dice que, por la pandemia, éste no es muy buen momento para cambiar de raíz los hábitos alimentarios porque eso significaría sumar un estrés más a un ritmo de vida ya de por sí altamente alterado. En cambio, Montero va hacia recomendaciones generales sobre la reducción de las cantidades, medir el consumo de alcohol y tratar de moverse lo máximo posible.

El presidente de la Sociedad Argentina de Obesidad y Trastornos Alimentarios propone redicir el consumo de aceites de semilla, que son muy inflamatorios.

Para Montero, el freno abrupto del ritmo de vida por la irrupción del coronavirus será “transitorio” y apunta al día después, cuando se revela como urgente abordar la problemática del sobrepeso que ya afecta al 60 por ciento de la población de la Argentina. “Nosotros venimos cabalgando sobre esta cualidad química de los alimentos ultraprocesados y altamente procesados y la gente termina comiendo por adicción. Esa es la razón profunda de por qué los humanos no podemos salir de esta situación. Son alimentos altamente adictivos, tentadores, pero nutricionalmente muy pobres”, asegura.

¿La cuarentena puede significar un riesgo desde el punto de vista nutricional?

Hay que dividir el problema en distintos tipos de consecuencias. Una cosa es lo que pasa con los pacientes agudos, infectados de Covid-19, su estado nutricional y sus hábitos alimentarios. No hay experiencia con esto, es algo muy nuevo. Si yo tuviera que elegir un mensaje para dar a la población en relación a este tema, es que no haga ningún cambio en relación a la alimentación. Una población que ya está adaptada a un modelo alimentario, no es recomendable exponerla al estrés de un cambio y que, a su vez, pueda ser coincidente con la posibilidad de contraer una infección. No es el mejor momento. Sin embargo, hay algunos estudios que se están realizando en Estados Unidos, con primates, que sugieren (insisto en el término “sugieren”) que una alimentación reducida en hidratos de carbono podría no exacerbar mecanismos que favorecen la replicación del virus. Esto no significa que la gente que lee esto tire las harinas y los azúcares.

Es algo que está en investigación, aún no comprobado.

No hay respuestas definitivas sino intuitivas. Uno puede hablar de generalidades. Intuitivamente, un nutricionista debería tal vez indicar una reducción de los carbohidratos porque existe la sospecha de que pueden estimular una vía metabólica, que a su vez favorece a la reproducción viral. Desde ese punto de vista, es algo -te diría- de buen gusto. Esto es así, hasta que se demuestre. En otro punto, si sabemos que la inflamación pulmonar es la principal causa de la mortalidad relacionada con el virus, entonces sería bueno hacer que la alimentación sea menos inflamatoria. La alimentación es como una gran hormona, que a su vez tiene un montón de hormonitas que modulan los procesos internos. Reducir la potencia inflamatoria puede venir muy bien y eso se puede conseguir aumentando la proporción de pescado de aguas frías, como la caballa, y disminuir los aceites de semilla que son proinflamatorio. Todo esto está en el campo de las indicaciones generales, de tipo intuitivas. ¿Por qué? Porque estas sustancias pueden tener otros efectos. Por ejemplo, yo recomiendo comer más pescado, ¿qué pasa si el pescado tiene una proteína que aumenta la virulencia del virus? ¡No lo sabemos! Entonces, son todos conocimientos fragmentarios los que tenemos.

Usted dice entonces que no es el momento de generar el estrés de un cambio alimentario.

A menos que esté debidamente justificado por la indicación de un profesional, que puede indicar el cambio y controlarlo, evaluar los efectos.

Sin embargo, hay un cambio de hábito bastante abrupto, con un sedentarismo acentuado. ¿Qué problemas se pueden generar?

Por supuesto. Han cambiado las reglas de juego. Un organismo que está vivo, está en armonía con el ambiente, con las cientos de miles de cosas que hacen a la existencia humana. Cuando uno aprieta una palanca mayor, como la de ordenar que todo el mundo se quede en su casa, está modificando todo con lo que uno interactúa cotidianamente. Es un reseteo total. Es un gran estrés para el organismo. En el aspecto nutricional, se produce un desacompasamiento entre la alimentación y el metabolismo, porque ha cambiado el tipo de actividad del individuo. Pero es prematuro hacer cambios a ciegas. Dar recomendaciones a la población conlleva el riesgo de generar otro estrés más. No es el momento. La consulta individualizada es diferente porque es posible graduar el cambio, pero no se puede dar una recomendación general a la población. Como por ejemplo, a partir de ahora hagan todos dietas cetogénicas. Estamos todos bastante confundidos, los profesionales también, y todos estamos buscando respuestas.

En el plano de las generalidades, ¿qué recomendaciones básicas hay que incorporar?

Disminuir la carga de hidratos de carbono, tratar de disminuir la proporción de los aceites de semilla y subir la de aceites de pescado, y tratar de disminuir la alimentación en su conjunto. Tratar de comer un poco menos. Ahora, para que eso no represente sufrimiento, hay que cambiar la composición química de la alimentación. Es un tema muy profundo.

En relación a los niños, cuya actividad física se ha reducido drásticamente, ¿qué riesgos corren?

Desde el punto de vista humano, es un castigo tremendo para los niños. Sin embargo, los chicos en general se regulan mejor de los adultos. A partir de los tres o cuatro años, van perdiendo esa capacidad de regulación, pero todavía conservan mejor el sistema que los preserva de la sobrealimentación y de la mala alimentación. Es muy difícil hacerle comer a un chico chiquito cosas que no son alimentos naturales. La primera reacción es de rechazo. Como los padres insisten, finalmente los aceptan y generan ese vínculo. Por eso, por lo general, se preservan un poco mejor. Además, tienen a su favor, el estar en etapa de crecimiento, que absorbe mucho del exceso alimentario. Si los adultos nos sobrealimentamos, engordamos indefectiblemente porque ya no podemos crecer, sólo crece la grasa y no la estructura magra. Los chicos están más protegidos en los temas alimentarios, pero no desde el punto de vista psicológico, de lo que significa el encierro. Por eso no sumaría tampoco recomendaciones especiales para los chicos, porque es sumarles un estrés en una situación que es transitoria. Es como cuando viene una mujer embarazada y me dice “quiero cambiar la alimentación”, yo siempre le digo: “Primero, termine el embarazo y después vemos”. Hay que tener paciencia.

Es interesante este punto que usted indica, sobre cierta idea que alienta a replantearse todo en una situación de mucha incertidumbre.

Yo espero que esto no dure más que un embarazo. Esto va a pasar y no es el momento de transformar las cosas profundas de la vida. A menos que las cosas que uno decide cambiar, demostradamente se revelen como un beneficio. Eso es otra cosa. Estas cuestiones que yo propongo como herramientas son para aplicarlas por parte de un profesional. A la población, el mensaje es simple: trate de no sobrealimentarse, muévase todo lo que pueda en su casa, no aumente la ingesta de alcohol. No son prescripciones, que suman un estrés adicional.

Para el día después de la pandemia, ¿qué desafíos se mantienen en pie en términos nutricionales en el país?

Los mismos que antes de la pandemia: tenemos que clarificar el mensaje que le damos a la población. Debemos trabajar en el nivel de la formación de los profesionales, los contenidos de las carreras, los programas científicos, todo eso está poderosamente influenciado por intereses económicos. Hay toda una deformación. Yo discuto con mis alumnos cuestiones muy básicas, como por ejemplo el comer con sal. Me acusan de querer privar a una persona del placer de comer con sal… No entienden que es un placer artificial, que le está arruinando la existencia. Parece que llevan todo a una dicotomía: el placer de comer porquerías o enfermarse. No es blanco o negro, hay intermedios. Han formateado la cabeza de profesionales para que acepten el agregado de sal, algo inaceptable desde el punto de vista de la salud. Es pos de la felicidad, yo no puedo dar una droga que destruya a esa persona. Es lo mismo que con el tabaquismo.

¿La Argentina cómo se encuentra en relación a la obesidad?

Mal. Como el todo el mundo occidentalizado. Tenemos un altísimo porcentaje de gente con sobrepeso, nos estamos acercando al 60 por ciento. Hay un 30 por ciento de obesos. Y ese porcentaje es bajo sólo porque toma personas de distintas edades, es decir, mezcla a personas de 20 años -donde la proporción de obesos es más baja- con personas de mayor edad. La gente va engordando a lo largo de la vida. Es decir, no reflejan la realidad de todos los estratos. Y la obesidad es uno de los integrantes de todo el problema metabólico de está sucediendo, es lo que se ve. Después está la parte invisible de la mala invisible. No sólo los obesos tienen los problemas de la malnutrición, aquellos que no son gordos suelen tener los mismos problemas: diabetes, hipertensión, aumento de lípidos en sangre, aumento de la potencia inflamatoria. Es gente que no es obesa sólo por una cuestión genética. La obesidad ha servido para amparar muchos otros problemas porque siempre se ha culpado al gordo por ser gordo. Pero resulta que los problemas son compartidos. Y lo que tienen en común es la comida: comen lo mismo.

O sea, comemos mal.

Digamos que no comemos alimentos propios de los humanos. Los humanos somos los únicos que comemos alimentos que no son propios de nuestra especie. Y somos lo únicos que tenemos estos tipos de problemas. Ningún animal come chatarra. Hablo de los alimentos ultraprocesados y de los altamente procesados. Las ratas de Nueva York se están volviendo obesas y tienen problemas serios: no pasan por las alcantarillas. Quedan encerradas. Se están volviendo obesas porque comen las sobras de comida chatarra. Antes no eran obesas. Todos los vivientes, cuando toman contacto con señales ambientales diferentes, sus cuerpos se vuelven diferentes. No hay forma. Nosotros venimos cabalgando sobre esta cualidad química, la gente termina comiendo por adicción. Esa es la razón profunda de por qué los humanos no podemos salir de esta situación. Son alimentos altamente adictivos, tentadores, pero nutricionalmente muy pobres.