Gargiulo: “Tenemos que lograr un equilibrio entre el miedo y el amor”

Por Franco Spinetta. Especial para Diario Z

En un contexto signado por la incertidumbre y el encierro, muchas personas se encuentran a menudo repitiendo comportamientos autodestructivos, como la ingesta de alcohol y el consumo intensivo de series y videojuegos. ¿Cómo mantenerse a flote en la marea pandémica? Ángel Gargiulo es psiquiatra, presidente del Centro Integral de Salud Mental Argentina (CISMA) e investigador del equipo ENyS (Estudios en Neurociencias y Sistemas Complejos), recomienda mantener a flote los vínculos afectivos, establecer rutinas y aprovechar el tiempo para pensar en las preguntas importantes sobre la vida.

¿Qué reflexiones hace sobre esta situación que nos toca atravesar como sociedad?

Hay un fenómeno que está descrito en la psicología, y que se repite una y otra vez, y es que los intentos de control tienen efectos paradojales. Muchas cosas que ocurren de la piel para adentro, es decir impulsos, emociones, sentimientos, no pueden ser controlados de una manera lineal por el ser humano. Si vos no querés tener ansiedad, vas a tener ansiedad. Si no querés tener insomnio, vas a tener insomnio. Si vos querés controlar la conducta de otras personas, éstas van a tratar de hacer todo lo contrario. Los seres humanos no funcionamos bien cuando estamos obligados. Si queremos sostener una conducta a largo plazo, no se puede hacer sólo por medidas de control obligatorio. En cierto sentido, es lógico que tengamos miedo por la amenaza del coronavirus, que es un hecho, una realidad, no algo discutible. Sabemos, además, que algunas personas van a morir y que no afecta a todos por igual, que hay un grupo de riesgo bien definido. Es lógico que si estamos en contacto con gente de riesgo, los queramos controlar: “Papá, no salgas, quedate”. Esto llevado al microambiente del hogar, es algo que está generando mucha tensión en las familias. Lo que suele generar es que papá encuentre la excusa para salir más. Si sentimos que hay un dron que nos está mirando todo el tiempo, esto suele generar tensión. Y esa tensión se afloja cuando salimos, cuando nadie te mira. No tenemos que perder de vista que sostener las relaciones tiene que ser la prioridad, más allá del control. Porque si hay consecuencias físicas, médicas o financieras, vamos a tener que seguir llevándonos bien para afrontar todo esto. El control nos lleva a alejarnos, a pelearnos; en cambio, generar ambientes amables, acogedores, hace que te quieras quedar en casa. Tenemos que lograr un equilibrio entre el miedo y el amor, que es lo que más sostiene las conductas a largo plazo: que uno se sienta cómodo, querido.

Es decir, que la casa sea más un refugio que un encierro.

Exactamente. Y también hay que hablar más desde la solidaridad que desde el control, respetando la iniciativa de cada uno. Los efectos paradojales del control sobre la gente están apareciendo por todos lados. Por ejemplo, la gente está consumiendo más alcohol, hay noticias todo el tiempo sobre el cierre de comercios.

¿Son siempre poco efectivas las medidas de control?

Se pueden tomar, pero tienen que ser por periodos cortos, tienen que ser razonables. Y se tienen que poder explicar. Como psiquiatra, muchas veces tomamos medidas que son aversivas, desagradables. Pero una internación psiquiátrica no puede durar más de un mes porque eso tiene efectos muy negativos sobre la persona. No se puede vivir puteando, llevándote mal con todo el mundo. Eso también tiene efectos negativos sobre los vínculos. La reflexión es que toda la psicología contemporánea científica apunta a decir que el control es un problema y hay que buscar otras formas para modificar la conducta humana. Esas formas tienen que ver más con lo que se llama, para decirlo de manera elegante, el amor. Estamos en un contexto en el que se está favoreciendo todo lo contrario: el castigo y el control.

¿Hay una manera de dimensionar el impacto que puede tener esta etapa de encierro e incertidumbre sobre la psiquis?

Es una situación muy extraña como para hacer generalizaciones. Esto no pasó nunca. En nuestra historia de pandemias, la última pasó hace 100 años y era otro mundo. Lo que sí puedo decir, insisto, es que el control tiene efectos paradojales y que es probable que la gente termine más ansiosa, más irritable, con más peleas y más consumo de sustancias. Y seguro que la situación económica va a generar que todo esto se multiplique. Pero también puede haber efectos beneficiosos, a riesgo de sonar poco empático porque hay mucha gente que realmente la está pasando mal. Sólo algunos podemos beneficiarnos de la pandemia. En ese sentido, nos puede llevar a reflexionar sobre qué es lo realmente importante. Estamos en una situación de supervivencia y podemos dimensionar sobre cuántas cosas que tenemos y de las que podemos prescindir, cosas que no hacen falta y que no nos morimos si no las tenemos. En el plano personal, por ejemplo, a mí me pasa que extraño mucho a mis viejos. Yo soy de Mendoza y vivo en Buenos Aires, pero no puedo viajar. Ahora dimensiono cuántas veces pude haber ido y no fui para dedicarle tiempo a tonterías, que no valían la pena. También aparece la pregunta de cuánto tiempo pasamos sin pensar en la muerte, cuando es algo tan natural, tan cotidiano. Vivimos muertos de miedo de que eso nos pase, y eso nos paraliza. Esta es una oportunidad para resolver preguntas esenciales, sobre la vida, la muerte, quiénes son las personas más importantes para cada uno. Esto más allá de cómo va a ser la economía después de la pandemia, de cómo van a ser los trabajos y las nuevas habilidades que vamos a tener que incorporar para reinsertarnos en el sistema.

Recién mencionaba la importancia de los vínculos. En una situación como ésta, ¿son las relaciones uno de los pilares fundamentales que hay que sostener a pesar de la distancia?

Desde el enfoque más pragmático, para sostener una amistad o una relación, hay que dedicarle tiempo. Hoy hay muchos medios para hacerlo. La indicación más simple es: dedicale tiempo a tus relaciones. Si no hay interacción, las amistades se enfrían. El ejemplo más clásico son las amistades de la escuela, que uno se distancia y la relación desaparece. Mantener la frecuencia es clave, es así de simple. No es necesario que las conversaciones que se entablan sean trascendentales, a veces sólo hace falta charlar de cualquier cosa. Hay que “juntarse” por Zoom o cualquier otra plataforma, con amigos y familiares. Aumentar ese intercambio es clave. Nos mantiene unidos, conectados. Es un buen momento para reconciliarse con personas con las que estábamos distanciados o incluso entablar relaciones con personas que viven en otros países. Al conectarnos, nos sentimos mejor.

En el mismo tono pragmático, ¿qué conductas autodestructivas tenemos que evitar?

Tenemos que tener rutinas que no sean agobiantes, con espacios para comer, para estar familia, hacer deporte (como se pueda). Dentro del descanso, uno puede apelar a las series, videojuegos. Esas cosas son potencialmente adictivas. Si estás solo en un departamento, hay muchas chances de caer en un exceso de series, videojuegos, alcohol, pornografía… el día entero. Son luces de colores, no son un aporte genuino. A ver, siempre tienen algo lindo, algo de belleza, si no, no las haríamos. Pero al mismo tiempo, son muy adictivos. Te quitan libertad. Mirás para atrás en el día y ves que no hiciste nada.

Sobreviene el malestar.

Sí, mucha gente se deprime. Y no sabe por qué. Cuando revisás las actividades de su jornada, no hicieron nada no sólo en relación a lo laboral, sino a la persona que quisieran ser, a sus valores, están aislados. Eso no es humano. De alguna forma parasita lo que realmente queremos. Cuando se acostumbran a la estimulación de un videojuego, o las drogas, la vida cotidiana te parece muy insulsa porque el cerebro está acostumbrado a un grado de estimulación muy fuerte. Claro, es una estimulación que no aporta nada realmente valioso. Es un circuito vicioso.

El sistema de recompensa empieza a fallar.

Exactamente. Es lo que pasa con las adicciones en general. Y las adicciones te quitan libertad