“El WhatsApp se convirtió en el único contacto con muchos alumnos”, dicen los docentes

Franco Spinetta. Especial Diario Z

Mientras el debate educativo se centra sobre los protocolos para un posible retorno de las clases presenciales, en la Ciudad de Buenos Aires los docentes conviven con una realidad contrastante, signada por carencias esenciales que la crisis pandémica dejaron al descubierto. A la falta de insumos básicos para el higiene de las escuelas, donde se hace entrega de los bolsones de comida, se le suma la escasez de recursos tecnológicos y de conectividad para garantizar cierta continuidad pedagógica. Todo cargado sobre los hombros de docentes cuya jornada laboral se extendió hasta colmar el día entero, mientras organizan colectas para conseguir celulares en desuso y elementos de higiene, sin ayuda del Estado.

Rodrigo Álvarez, docente de la escuela 8, distrito 13, ubicada en el barrio Cildáñez, apunta que hoy se están recogiendo los “peores frutos” de una decisión que el gobierno porteño tomó en 2017, cuando decidió recortar fuertemente el plan Sarmiento. Hasta aquel momento, el plan contemplaba la entrega de una computadora por niño y además garantizaba la conectividad en cada hogar. “Hoy se entregan computadoras a partir del cuarto grado y la conectividad quedó restringida a las escuelas”, explica.

Por eso muchas familias no cuentan con equipos, ni conexión a internet. Para Rodrigo, “esto claramente atenta contra la posibilidad de dar clases de manera virtual, entonces hemos elaborado un montón de estrategias para poder llegar a cada casa y acompañar a cada niño y niña en esta pseudo continuidad pedagógica”.

Lorena Castro, maestra de tercer grado de la escuela 8 del distrito 5, cuyos alumnos en su mayoría son de la Villa Zavaleta y de la Villa 21-24, describe una situación similar y agrega que “hay mucha incertidumbre en las escuelas”. “Nos pusimos de acuerdo entre docentes y directivos para darle continuidad a las clases, con estrategias que ni nos imaginábamos, pero con una gran ausencia del Estado”, dice.

Cuando el problema de la conectividad se interpuso como una barrera insondable, la comunicación por WhatsApp se convirtió en el único medio posible para mantenerse en contacto con los alumnos y familias. Rodrigo cuenta que enseguida la comunidad educativa armó una campaña para conseguir la donación de celulares en desuso: “Eso nos ha permitido llegar a algunas familias que estaban totalmente desconectadas”.

La imposibilidad de hacer llegar materiales vía digital fue compensada, en muchos casos, con material en papel que los docentes fueron entregando con cada bolsón de comida, que las familias retiran cada 15 días de las escuelas.

Lorena cuenta que, hasta abril, el Estado garantizaba apenas un sánguche, pero gracias a un amparo presentado por el Frente de Izquierda, se consiguió que el bolsón contemplara más alimentos. “La entrega de los bolsones se hace gracias a la solidaridad de las familias, de los docentes y las organizaciones. Es muy complejo de sostener, incluso las situaciones familiares personales, han saltado cosas muy duras. Seguimos poniéndole el cuerpo”.

La situación que viven día a día docentes de la Ciudad revelan la complejidad social que no siempre se ve reflejada en la percepción que se tiene sobre la capital argentina. Dice Rodrigo que la mayoría de las familias que asiste a la escuela donde él trabaja se dedican a actividades económicas informales, que con la cuarentena se cortaron de cuajo.

“Hoy las familias viven de los bolsones de alimentos que se entregan cada 15 días. Esos bolsones contemplan la comida de los niños, pero no de toda la familia. Entonces hacen malabares para que alcance”. Y como en los bolsones tampoco vienen elementos de higiene, los docentes tuvieron que hacer campañas de donaciones para conseguirlos, entre aportes voluntarios, propios y de familiares.

Por eso, mientras se habla de un posible regreso de las clases en la Ciudad, y se especulan fechas, Lorena asegura que eso no lo ve posible en la zona sur. “Hay casas sin luz ni agua, eso va en detrimento de la posibilidad de educarse, ¿cómo se higienizan sin agua? Hicimos muchos reclamos, las soluciones son temporales, mandan camiones con agua que duran una semana y luego no se reponen. Hay muy poca inversión. Es muy difícil implementar un protocolo burbuja, como le llaman ahora, no se puede cumplir, ni siquiera nos alcanzan los metros cuadrados para la cantidad de chicos que hay”.

Rodrigo y Lorena aseguran que la jornada laboral, hoy, es de 24×7. “Sabemos que no podemos imponerles horarios a las familias porque, por ejemplo, puede pasar que ese teléfono a donde llegó la tarea estuvo lejos del niño todo el día y recién accede a la noche. Si nos preguntan a las 11 de la noche porque tienen dudas por tal o cual ejercicio, no podemos no contestarles. Tomamos ese compromiso”, dice Rodrigo.

Estamos trabajando triple jornada. Son 24 horas de atención permanente al WhatsApp, adonde no sólo llegan las cuestiones pedagógicas, sino también sanitarias y denuncias sobre casos que no se atienden. Siguen llegando casos de covid positivo a la escuela y estamos estallados”, cierra Lorena.