Ignacio Maglio: “El Estado debe tener un criterio para asignar recursos si se saturan los servicios de salud”

Por Franco Spinetta. Especial para Diario Z

Ignacio Maglio es el presidente del Comité de Bioética de la Fundación Huésped y miembro del recientemente creado comité asesor en cuestiones bioéticas del Ministerio de Salud. El Comité está conformado por un grupo de expertos en diversas materias que asesoran a las autoridades para elaborar guías y protocolos frente a los dilemas que genera la pandemia a la hora de tomar decisiones políticas y sanitarias.

El nuevo órgano, bautizado como Comité de Ética y Derechos Humanos en Pandemia Covid-19 (Cedhcovid19), tendrá a su cargo el análisis de las decisiones durante el momento más sensible de la pandemia, algo que empieza a vislumbrarse como cercano, frente al aumento de los contagios y el temor de que el sistema de salud empiece a mostrar signos de colapso. Los miembros del comité, que trabajan “ad honorem” y acompañan a Maglio son Florencia Luna; Silvia Liliana Brussino; Diana Cohen Agrest; Andrea Laura Macías; Marcela Beatriz Firmenich; Norberto Ignacio Liwski; María Luisa Pfeiffer; Juan Carlos Tealdi; Marisa Sandra Aizenberg; Nélida Susana Larroca; Pascual Valdez y Susana María Vidal.

Maglio, que también es jefe del departamento de Riesgo Médico Legal del Hospital Muñiz, asegura que es “necesario que el Estado tenga criterios de asignación y cada institución tiene que tener previsto un plan de contingencia para asignar recursos en caso de saturación de los servicios”. Desde ese lugar, agrega que la bioética tiene “grandes posibilidades de ayudar, generando instrumentos para que no nos pase lo que le pasó en Italia, donde médicos y médicas tuvieron que tomar decisiones solos y con una incontinencia institucional porque nadie los ayudaba”.

¿Qué es el comité de bioética? ¿Cuáles son las funciones que tiene y qué discusiones se dan en ese marco?

El gobierno, a través de una resolución del Ministerio de Salud, creó este comité de ética y derechos humanos. Es un grupo de expertos, con un punto en común que es la bioética. Hay médicos, filósofos, abogados, todos con un trabajo en común. La intención es ayudar para tener fundamentos éticos en distintas decisiones sanitarias, que se toman en el contexto de la pandemia. Esto está en línea con recomendaciones internacionales, de Naciones Unidas y de Organización Panamericana de la Salud. Al no haber herramientas técnico-científicas tanto para la prevención como para el tratamiento, la discusión ética y social es esencial. Muchas veces puede haber tensión entre los derechos de la comunidad y las libertades o derechos individuales.

¿Por ejemplo?

Una tensión puede ser el confinamiento o aislamiento. Claramente es una restricción ambulatoria, pero se hace porque hay un bien, que uno supone de jerarquía superior, que es la protección de la vida y la salud colectiva. Uno puede ayudar desde el punto de vista de la reflexión ética. Yo siempre digo que, en caso de que sea necesario volver al confinamiento, hay que introducirlo más por una ética de la convicción y la responsabilidad, de compromiso solidario, que por temor a una sanción penal. Si no salgo porque tengo miedo de que me agarre un gendarme y me hagan una denuncia, bueno, es muy frágil. De hecho, lo hemos visto. El confinamiento se empezó a ablandar porque la gente está muy cansada. En la pandemia, lo que trasciende es el miedo, entonces muchas decisiones se toman por pánico, pero no por el compromiso solidario. Este es un tema que desde el punto de vista de la bioética se puede abordar. Otro ejemplo claro es el manejo de la privacidad. ¿Cómo se maneja y protege la privacidad en plataformas como Cuidar o el programa Detectar? La bioética puede ayudar a encontrar un equilibrio entre la promoción de la tecnología, sin descuidar derechos esenciales como la intimidad o la protección de la confidencialidad.

Con el aumento de casos, aumenta la presión sobre el sistema. ¿El comité está enfocado en lo que podría pasar si se llega a una instancia de tener que elegir a quién se atiende y a quién no?

Sí, trabajamos sobre los criterios de asignación, desde el punto de vista ético. Hablamos de los ingresos a terapia intensiva y el uso de los respiradores. Ahí la bioética tiene grandes posibilidades de ayudar, generando instrumentos para su uso, para que no nos pase lo que le pasó en Italia, donde médicos y médicas tuvieron que tomar decisiones solos y con una incontinencia institucional porque nadie los ayudaba. Es una decisión trágica, quién ingresa o no, es una respuesta de vida o muerte. Esto generó en muchos profesionales secuelas morales y psicológicas muy jodidas.

Es decir, ¿el Comité está trabajando para generar ese marco y que las decisiones no se tomen en soledad?

Para que no se tomen en soledad y con una herramienta que sea el producto de una reflexión racional, donde estén representados todos los intereses, y con una participación de expertos en ética y cuestiones sanitarias que pueden ayudar a tomar las mejores decisiones posibles. A nivel institucional, hay entidades que ya desarrollaron sus propuestas de triaje y de criterios de asignación. Por ejemplo, en el Muñiz y el Finocchietto. El Estado debe tener criterios de asignación y cada institución tiene que tener previsto un plan de contingencia para asignar recursos en caso de saturación de los servicios.

Hay una percepción generalizada de que en caso de saturación, las personas adultas no serán la prioridad, ¿esto es así?

Esa creencia está rondando, pero no es un mito porque pasó en España e Italia. Eso se llama edaísmo, viejismo, la discriminación negativa a personas mayores por el sólo hecho de ser mayores. Nosotros establecimos en nuestros procedimientos que la edad no puede ser un criterio autónomo de selección de recursos, que en todo en caso es un criterio secundario. Vamos a poner un ejemplo. Tenés un chico de 14 años y un hombre de 80, los dos tienen la misma gravedad y los mismos criterios de recuperación. Una vez que empatan en la distintas circunstancias clínicas, recién ahí la edad empieza a dar una especie de puntuación. Pero la edad, por sí misma, nunca puede ser un criterio, al igual que la discapacidad o la valoración social, que es un tema muy importante.

¿Cómo sería?

Y… yo escuché a algunos médicos, bien intencionados pero guiados por intucionismo moral equivocado, que te dicen: “Si yo tengo a un chorro o un violador de un lado, y del otro a un obrero con su familia, el respirador se lo doy al obrero y no al violador”. Por respeto a la dignidad personal, todas las personas merecen la misma consideración, independientemente de la valoración social. Son dilemas morales, al igual que la edad. Uno puede presumir que aquel que mejor se portó, más méritos tiene para ser atendido. Eso va a en contra de los derechos humanos.

Ese caso que usted usa de ejemplo, sometido al debate mediático, es probable que arroje un resultado diferente.

El amarillismo cuenta. Hay muchos comunicadores que pueden instalar otra mirada, pero yo creo que hay que dar el debate. Más allá de lo que hizo esta persona, es una persona y merece respeto en cuanto a su dignidad personal. A pesar de exponernos a una carnicería amarillenta y mediática, hay que ser valientes y decirlo y bancarse la que venga.

¿Qué tan lejos estamos de empezar a discutir estas situaciones? ¿Tiene la expectativa de que no lleguemos a ese punto?

Hoy tenemos una ocupación promedio del 70 por ciento de las terapias intensivas en AMBA, que es el sector más crítico. En este contexto, no hay que preocuparse, pero sí ocuparse. No hay que generar ni pánico, ni miedo. Hay guías inter societarias, de 19 sociedades científicas y de las que participamos, que trabajaron sobre el final de vida, los fallecimientos en terapia, y también criterios de asignación de recursos durante la pandemia. No lo veo hoy como un escenario posible, ojalá no tengamos que usarlas, pero sí es importante tenerlas. Camus dijo “en el mundo siempre hubo pestes y guerras, pero siempre tomaron a la gente desprevenida”.

Recién mencionó el final de vida, los familiares de pacientes con Covid-19 no tienen la posibilidad de despedirse.

Es un tema crucial, la muerte digna. Hay un oncólogo, paliativista muy reconocido, Alfredo Navigante, que asistió a muchísimas personas en sus finales de vida. En una investigación comprobó que hay un punto en común entre todas las personas: nadie quiere morir solo. Todos queremos morir acompañados, es una comprobación empírica. Lo que te muestra la pandemia es el desasosiego, gente que está muriendo sola. Estamos haciendo un gran esfuerzo, creamos un equipo de cuidados integrales en el Hospital Muñiz, porque sabemos que lo primero que sale es cómo salvar a la gente, cuántos respiradores tenemos, pero pocas veces nos centramos en aquellos que van a morir. Un foco muy importante es humanizar, armonizar la humanización con la bioseguridad. Tratamos de facilitar el contacto de la familia con el paciente, especialmente en los rituales del adiós, porque estamos convencidos de que es un derecho fundamental. La gente que no puede despedirse, que no puede hacer un duelo, tienen secuelas que pueden durar años. Desde el equipo establecimos un protocolo para varias instancias, entrenándonos para dar bien las malas noticias, cómo dar la información sensible, cómo favorecer los procesos de despedidas, una serie de dispositivos para humanizar este proceso. Y esto es muy importante porque es algo bastante olvidado. La muerte en general está bastante olvidada, en un contexto que se deja llevar por un fanatismo infectológico, que es entendible. Frente a eso, hay que generar algo para humanizarlo. Por eso yo prefiero hablar de aislamiento físico y no social.

¿La incorporación de discurso bélico es un signo de esa confusión?

Sí, totalmente. Hay que desterrar el discurso bélico del discurso epidemiológico. Muchas veces, en la confusión, se produce esto: hablamos de guerra, de atrincherarnos contra un enemigo común. Es estigmatizante, el virus no es un entelequia, está corporizado en hombres y mujeres. Si hablás de atrincherarte, lo que terminás haciendo es generando formas de discriminación. El que está infectado pasa a ser el enemigo. Hay que tener cuidado.