“Pocos médicos y enfermeros y mucho estrés”: cómo se vive el día a día en las guardias de los hospitales porteños

Por Franco Spinetta. Especial Diario Z

Cada día, las estadísticas que se repasan con fruición sobre el avance de la pandemia se materializan en miles de personas que arriban a las guardias de los hospitales porteños en búsqueda de la atención necesaria. Se trata de chicos, adultos y ancianos que son recibidos por profesionales estresados, que hacen malabares entre la falta de insumos y los protocolos necesarios para no contagiarse y que, sin embargo, muchos de ellos terminan contrayendo el Covid-19: el 5% del total de los contagiados, pertenece al personal de salud. Y cada contagio, se sabe, significará una presión extra sobre el resto de los trabajadores, que deberán doblegar esfuerzos para cubrir ese hueco.

El médico de guardia es como un cirujano que está 24 horas operando. Hay que sumarle la enorme desconfianza de los familiares, que dependen de una llamada de los profesionales.

Con la atención puesta en el avance de la ocupación de las camas de terapia intensiva, cuyo colapso representaría la real posibilidad de que se empiece a elegir a quién atender y a quién no, en los hospitales porteños se convive diariamente con niveles de estrés inusitado. Allá lejos quedaron los aplausos motivadores que los porteños le destinaron a los médicos y enfermeros en el comienzo de la pandemia. Hoy, la realidad está signada por el malestar y la impaciencia, rasgos de una saturación inminente.

Martín Deheza, jefe de Emergencias del Hospital Rivadavia, describe a Diario Z una situación de “muchísimo estrés”. “El peligro de contagio está siempre presente. Cuanto mayor exposición al virus, peor”, señala. Los equipos de protección personal exigen toda una movida: camisolines, antiparras, barbijos N95 debajo de los comunes, botas, cofias, guantes. “Ver un paciente es algo muy estresante y engorroso. El médico de guardia es como si fuera un cirujano que está 24 horas operando. A eso hay que sumarle una enorme desconfianza de los familiares, que dependen de una voz, de una llamada de los profesionales. Y no todos tienen la misma empatía. La familia tiene que aceptar el llamado o un mail para tener el parte diario. Para los profesionales es algo muy complicado”, agrega.

Los médicos son cada vez más escasos y encima se nos enferman. Se contagian y van a aislamiento y nos quedamos sin médicos. ¿Qué hacemos entonces?

Para Deheza, los aplausos al principio de la pandemia fueron un “hito de color, algo simpático”. “Te digo la verdad: no nos sentimos apoyados, nos sentimos solos”, apunta. Y añade: “Los honorarios de un médico son paupérrimos. Cualquier persona brillante con visión de futuro, no es médico”. Esta situación se reveló, pandemia mediante, como crítica: por primera vez en la historia reciente, escasean los médicos. “Los médicos son cada vez más escasos y encima se nos enferman. Se contagian y van a aislamiento y nos quedamos sin médicos. ¿Qué hacemos entonces?”, se pregunta el jefe del Servicio de Emergencias del Rivadavia.

Jorge Flores, enfermero del Hospital Zubizarreta, de 35 años y trabajador en el área de emergencia desde los 21, asegura que la “salud siempre estuvo precarizada, con falta de insumos, de personal y sueldos muy bajos”. Con la pandemia, esa precariedad del sistema quedó expuesta y, según comentan referentes del sector, el gobierno realizó una fuerte inversión para evitar lo que hubiera sido un rápido desmadre. Deheza asegura que hoy “no existe colapso” y que la saturación de las terapias no se da de manera pareja en todos los hospitales. “Se hizo mucha inversión, realmente el apoyo económico que brindó la Ciudad fue enorme. Se compraron ventiladores, monitores, contrataron médicos, kinesiólogos y enfermeros. Es la verdad. Puede haber colapso en ciertos hospitales, pero el sistema tiene la red necesaria para derivar y descomprimir la situación. De cantidad de camas, estamos bien”, señala.

La salud siempre estuvo precarizada, con falta de insumos, de personal y sueldos muy bajos. Muchos tenemos doble trabajo.

Sin embargo, la carencia de los insumos siempre aparece como un fantasma recurrente en el sistema de salud. “Hay una falta de insumos general, a todo nivel: gubernamental y privado. En Buenos Aires y en cualquier provincia. Todos los sedantes están escaseando, la entrega no es con normalidad. Estamos usando un 50 por ciento más de fármacos y sedantes de lo que usábamos antes. Cuando empezó la pandemia no había alcohol en gel, ahora faltan las drogas anestésicas que se usan para ventilar a los pacientes”, advierte Deheza.

Usamos un 50% más de fármacos. Cuando empezó la pandemia no había alcohol en gel, ahora faltan drogas anestésicas que se usan para ventilar a los pacientes.

Soy el único enfermero titular en mi turno -dice Flores- y somos tres enfermeros por turno, de seis horas. Muchos tenemos doble trabajo, con guardias extra en el ámbito público y privado. Hay mucho desgaste físico y psíquico, con el riesgo de contagio, todo es muy estresante. Está ingresando personal nuevo, por la pandemia, pero tienen poca experiencia. Hay cada vez más compañeros y compañeras infectados, en cuarentena”, describe.

En el Zubizarreta, según Flores, están ingresando ancianos provenientes de sus casas o de geriátricos, muchos de ellos en condiciones físicas muy delicadas. “Y varios en estado de abandono… nuestra percepción, y no es una estadística, es que están llegando abuelos que viven solos, que tienen 80 o 90 años, y que están en estado de abandono, deshidratados o desnutridos”, comenta Flores. “Los geriátricos de Devoto o Villa del Parque nos llenaron la guardia. Todos los días tenemos entre cinco o ocho pacientes, abuelos de geriátricos, todos del PAMI. Después hay trabajadores jóvenes, mayormente humildes, que se contagian y no tienen cobertura. Se ve mucho eso. También familias enteras”, asegura.

Los geriátricos de Devoto o Villa del Parque nos llenaron la guardia. También hay trabajadores jóvenes, mayormente humildes, que se contagian y no tienen cobertura.

La primera línea de pelea contra la pandemia no está, precisamente, bien paga. A los históricamente magros salarios de enfermería (hoy rondan los 35 mil pesos), se le suman los sueldos del resto de los profesionales, aunque un poco por encima. Un médico residente cobra hoy, en mano, unos 50 mil pesos por mes. Y un médico de planta, dependiendo de la antigüedad, entre 60 y 80 mil pesos. Una guardia de 24 horas se paga 12 mil pesos.

“Un médico es un profesional de clase media, con las aspiraciones de toda persona de su clase: un auto y si es posible tener un techo. Hoy en día un médico común no puede acceder a eso. Todo esto no quiere decir que el médico no tenga sus faltas y sus puntos a trabajar. Pero hay todo un sistema negativo: malos ingresos, condiciones laborales estresantes, falta de insumos, siempre trabajando sobre recursos que casi no existen; todo eso hace que el médico tenga una mala actitud y esté estresado. Eso es lo peor que le puede pasar a un paciente: encontrarse con un médico con burn out”, cierra Deheza.