Urbanista Adrián Gorelik: “La vida en Buenos Aires es un infierno. Sin embargo, hay que preguntarse la vida de quién”

Por Franco Spinetta. Especial para Diario Z

Ensayista, investigador, arquitecto y doctor en Historia, autor de La grilla y el parque y Ciudades sudamericanas como arenas culturales, Adrián Gorelik es sobre todo un estudioso de los procesos urbanos, ese hilo que explica el presente a través de decisiones (o inercias, dirá) que se tomaron a lo largo de las últimas décadas. Gorelik dice que la Ciudad de Buenos Aires son “muchas ciudades” en una, atravesada por “gigantescas desigualdades” que destrozan la “autorrepresentación” que resume aquello de la capital pujante, rica, europea.

Con cierto pesimismo, Gorelik plantea como necesaria y urgente la creación de mecanismos de coordinación del área Metropolitana, algo que la pandemia obligó a materializar, pero que según el especialista se está “debilitando” a un ritmo elevado. “Es errónea la idea de quienes dicen que los problemas empiezan en la General Paz”, advierte. “Me temo que la inercia de una vida política que no incorpora la palabra coordinación en su vocabulario sea más fuerte que la necesidad de coordinación que revela la pandemia. Vivimos en una crisis que tiene tantos años que ya contradice el sentido de la palabra crisis”, agrega.

¿Se vive bien en Buenos Aires?

No, en absoluto, la vida en Buenos Aires es un infierno. Sin embargo, hay que preguntarse la vida de quién. Por ejemplo, yo soy profesor universitario, investigador del Conicet, entonces hago un uso privilegiado de la Ciudad. Me desplazo siempre con transporte público en los horarios en los que está menos saturado, tengo un goce de la Ciudad que es imposible de generalizar, sobre todo cuando uno piensa en alguien que vive en el Conurbano y se desplaza hacia la Ciudad para trabajar, o incluso entre partidos del Conurbano.

En los años 20 o 30, la aparición del colectivo fue muy importante para los sectores populares que se mudaban al suburbio. Hoy hay tiempos y formas de viaje completamente inhumanos.

¿Se refiere al transporte público?

Son tiempos y formas de viaje completamente inhumanas. Buenos Aires está a años luz de ofrecer una forma de uso de la ciudad que corresponda con la autorrepresentación que Buenos Aires tiene de sí misma. Por ejemplo, tempranamente el transporte público fue mucho más importante acá que en muchas otras ciudades latinoamericanas. Impidió que en la Ciudad surgieran guetos inaccesibles. En los años 20 o 30, la aparición del colectivo fue muy importante para los sectores populares que se mudaban al suburbio. Esta crítica que yo hago no es abstracta, sino que está atada a un transporte público que fue extraordinariamente eficiente y amplio. Con el tiempo, la falta de inversión y sobre todo de capacidad estatal de planificación que dé respuestas a las necesidades de una metrópolis tan grande, se convirtió en uno de los factores principales por los que es tan difícil vivir en esta ciudad.

Cuando habla de la “autorrepresentación” de Buenos Aires, ¿a qué se refiere?

A que Buenos Aires es una ciudad con gigantescas desigualdades, atravesada por una heterogeneidad radical que hace que hoy sean muchas ciudades conviviendo a velocidades diferentes. Esto pasa dentro de la capital y también en el conurbano. Es errónea la idea de quienes dicen que los problemas empiezan en la General Paz. La propia ciudad está atravesada por desigualdades abruptas, entre una villa miseria y Barrio Parque.

O la ya típica foto de la 31 con el fondo de Puerto Madero.

Es muy obvio. Buenos Aires está carcomida. La villa siempre estuvo como incrustada desde los años 40, pero la trama habitacional desde siempre, sobre todo en el sur, está repleta de hoteles, pensiones, inquilinatos, formas de vida que están tugurizando una planta edilicia que podría tener otro valor. Y es la misma ciudad en la que uno transita otros lugares donde se constituye una historia cultural muy interesante. La respuesta es ambigua. Yo creo que es una ciudad donde no se vive bien, y lo que más irrita o indigna, es que se han perdido muchas oportunidades para que sea mucho mejor de lo que es.

En su descripción hay un hilo que marca cierta decadencia.

Hay un deterioro. No me gusta llamarlo decadencia porque pareciera que estamos hablando del mismo sistema que en algún momento fue fantástico, decayó. El problema es que ese sistema nunca fue capaz de acompañar el crecimiento de la metrópoli. Ese sistema tuvo un momento de apogeo, que fue el momento de oro de la Ciudad, que fueron las décadas del 20, 30 y 40, donde realmente la Ciudad expande sus infraestructuras. Pero no es que ahí estaba todo perfecto y que a partir de ahí, decayó.

Buenos Aires es una ciudad con gigantescas desigualdades, atravesada por una heterogeneidad radical que hace que hoy sean muchas ciudades conviviendo a velocidades diferentes.

¿Entonces qué pasó? ¿Se cortó el impulso?

Efectivamente. Hay un enigma, ¿por qué la Ciudad no fue capaz de acompañar la segunda expansión? La primera expansión fue de los sectores populares, desde la década del 10, 20 y el 30, dentro de la Capital. En ese primer momento, la sociedad urbana, junto con el Estado, tuvieron la capacidad de favorecer la expansión de infraestructuras básicas para la ciudadanía, que tienen que ver con transporte, el agua y las cloacas. Fue un crecimiento vertiginoso: desde fines de la década del XIX y principios del XX. Sin embargo, la demanda de la sociedad civil y un Estado fuerte hicieron que las infraestructuras estuvieran a la par del crecimiento urbano. Lo que ocurrió en la segunda expansión, que hizo crecer toda el área metropolitana, es que se perdió ese ritmo. Las infraestructuras nunca alcanzaron el ritmo de crecimiento que tuvo el área a nivel poblacional, que fue mucho menor a la primera etapa. Los mismos barrios autoconstruidos por los sectores populares, sobre todo en el conurbano, terminaron generando situaciones urbanas insatisfactorias. Hay un deterioro de los servicios públicos, sin duda. Y la sociedad civil nunca se organizó como para poder reclamar de forma efectiva. A eso se le sumó la incapacidad del sistema público de acompañar el crecimiento metropolitano.

La población se mantiene estable y los únicos sectores que han crecido son los barrios populares. ¿De qué manera se aborda esta problemática?

Es un tema muy complejo, común a las ciudades latinoamericanas. Hay un problema entre la Ciudad y la estructura económica del país, que hace que este lugar, donde se vive tan mal, siga siendo un foco de atracción de mucha población que llega desde distintos lugares del país. A mediados de la década del 20, Buenos Aires crecía más lento que las ciudades del interior. Ese sería el modelo ideal del urbanista: que haya una distribución un poco más equitativa de la población en el territorio. A fines del siglo XX y principios del XXI, eso se invirtió y Buenos Aires volvió a ser un foco de atracción importante. Es imposible no encuadrar esto en el marco de políticas económicas nacionales y la Ciudad no puede hacer mucho para impedirlo. Lo único que puede hacer es paliar, dar mejores condiciones de vida para quienes viven en villas o asentamientos. Compensar las faltas, llegar con infraestructura. Son medidas paliativas porque el problema está en reformular la estructura territorial y económica de la Argentina para, de alguna manera, evitar que ciudades tan pobladas y saturadas sigan recibiendo migración.

No es necesario mudar la capital, como se pensaba. Se trata de repartir el poder que está tan concentrado en la capital, repensar cómo se distribuye poder político, económico y cultural en una red de ciudades.

¿Cómo se hace?

No es necesario mudar la capital, como en algún momento se pensaba. Más que eso, se trata de repartir el poder que está tan concentrado en la capital, repensar cómo se distribuye poder político, económico y cultural en una red de ciudades, que tienen capacidad de poder recibir esos poderes. Pero es algo muy difícil de hacer, requiere de muchísima voluntad política, nunca ni siquiera se ha intentado. Y esta es una crítica que empezó a hacer Juan Álvarez en 1914. Estoy diciendo algo muy viejo, que tiene más de un siglo. Entonces, cuando uno repite algo durante más de un siglo y tiene que atenerse a la evidencia de que no se hizo, entonces evidentemente por algo no se hizo. No es porque todos los políticos son tontos, que no escuchan lo que decimos los técnicos, que somos inteligentes. Hay razones socio estructurales muchísimo más poderosas que uno tiene que analizar, para entender por qué ocurre lo que ocurre. Esa transmisión de poder no se realizó y entonces lidiamos con el típico problema de las ciudades latinoamericanas: la gigantesca desigualdad y los asentamientos que crecen en la marginalidad. Dicho esto, que es muy general, también hay cuestiones específicas que permiten entender la dinámica de Buenos Aires.

La dictadura aplicó la ley 8.912, que cerró la posibilidad de loteos populares, una reivindicación de todo el urbanismo progresista contra los grandes loteadores industriales.

Como la toma de tierras.

Exacto. Eso es algo que está en los medios hoy, pero empezó con la dictadura y que tiene que ver con algo muy básico: en los años 70, se cerró el mercado privado del suelo para los sectores populares, que dejaron de tener acceso. La anécdota es muy interesante. La dictadura aplicó una ley, la 8.912, que cerró la posibilidad de loteos populares, que era una reivindicación de todo el urbanismo progresista contra los grandes loteadores industriales. Habían logrado la prohibición de que se lotearan terrenos que no fueran primero saneados y que no tuvieran infraestructura. Paradójicamente eso lo termina realizando la dictadura, en un contexto de autoritarismo y sin la posibilidad de que los sectores populares accedieran a la ciudad. Entonces, una medida progresista es aplicada por un gobierno autoritario y el resultado fue que los sectores populares se quedaron sin acceso al mercado del suelo. Quien tiene suficientes años, y memoria, se acordará que las primeras tomas en Buenos Aires empezaron en el 1982 en Rafael Calzada y Quilmes, amparados por sectores progresistas de la Iglesia, en contra de la dictadura. Así comenzaron los asentamientos y el fenómeno es exactamente el mismo. Hasta hoy sigue cerrado el acceso al suelo.

El fenómeno fue creciendo y hoy tenemos una situación de mercado salvaje, incluso dentro de las villas, donde hay un fenómeno de alquileres informales.

Eso comenzó mucho tiempo después y fue un fenómeno tardío porque la villa en Buenos Aires fue durante mucho tiempo un lugar de transición para sectores populares que todavía tenían un recorrido ascendente, socialmente hablando. La villa era un lugar de incorporación a la ciudad. Pero en los 90, la villa se hace permanente y comienza a haber un mercado que antes no existía. Eso explica las construcciones en altura, que implica que hay un valor de la tierra y que hay un mercado. María Cristina Cravino, investigadora del Conicet, tiene muy bien estudiado este fenómeno. Ahora bien, las villas y asentamientos son dos cosas diferentes.

La villa era un lugar de transición para sectores populares que todavía tenían un recorrido ascendente. Un lugar de incorporación a la ciudad. Pero en los 90, se hace permanente

¿En qué difieren?

La villa nace como un lugar de transición y el asentamiento pretende ser un barrio popular. El trazado de la villa es laberíntico, mientras que los asentamiento se trazan con manzanas, tratando de replicar el trazado del resto de la ciudad porque quieren convertirse en barrios normales. Es la típica reivindicación de los movimientos sociales de la década del noventa: no quieren revolucionar la sociedad, quieren que la sociedad les haga un lugar, integrarse. Frente a esto, la propuesta de lotes con servicios que levantan muchos movimientos sociales hoy, tiene lógica como demanda, pero para la clase política es una vergüenza, significa el abandono de cualquier idea de que este territorio necesita ser pensado, proyectado y planificado. Responder mecánicamente a la demanda de lotes con servicios, implica que uno cree que todo el territorio que rodea a la metrópoli puede cuadricularse y que en cada manzana tiene que haber lotes y en cada lote una casa. Si uno quiere darle vivienda digna a una metrópoli de 13 millones, con una casa por lote, es una locura. Es totalmente irracional. Lo que hace 50 años reivindica el pensamiento planificador es que el Estado compre tierra barata suburbana, para pensar cómo tiene que ser la expansión, no para cuadricular todo en todo el territorio del Conurbano. A partir de los 90, lo que pasó fue exactamente lo contrario: aparecieron los countries y los barrios cerrados, que distorsionaron el sistema de valor de la tierra. A cada municipio le convino tener eso porque significaban más ingresos. Se hizo imposible que el Estado regulara el mercado del suelo. 

A partir de los 90, aparecieron los countries y barrios cerrados, que distorsionaron el sistema de valor de la tierra

Son las dos caras, la toma y los countries, de la inacción del Estado.

Más que inacción, es una acción no pensada, no proyectada. Después, el Estado gasta muchísimo dinero en acción social. El tema es organizar un Estado capaz de prever estas situaciones, de proyectar y anticiparse. Y la gran dificultad es que en el área metropolitana hay más de 40 municipios, con competencias. Hace muchos años que sostengo que lo que se planteaba en los años 20, un único gobierno metropolitano, es imposible. Eso implicaría un desbalance terrible de poder, cambiaría el panorama político nacional. Al mismo tiempo, es imprescindible avanzar en formas de coordinación metropolitana, que no dependa de la voluntad de cada intendente, que implique formas asentadas de gobierno y coordinación. Una de esas áreas, es la gestión del suelo.

Este año se cumplen 13 años de gobierno de lo que podríamos denominar como macrismo, del PRO. ¿Cuál es el legado de esta etapa?

No ha sido una gestión innovadora, respecto de cómo se piensa la política de la ciudad desde la década del 90, cuando comenzó esto de no pensar la ciudad de manera global, sino a través de enclaves. Eso comenzó con Puerto Madero. No ha habido cambios sustanciales. No hay un proyecto, ni una idea, de cómo tiene que ser esta ciudad en un futuro, de la relación con el Conurbano. Es evidente que este gobierno, sobre todo en la última parte de su gestión, puso mucho énfasis en las villas miseria, tuvo iniciativas. Sin embargo, son iniciativas que abarcan la cuestión como inmodificable, en vez de pensar cómo tiene que ser la relación de la ciudad con esos sectores que son los únicos que crecen. Buenos Aires sigue teniendo tres millones de habitantes desde los años 40, y en esa demografía los únicos que crecen son los sectores de la miseria y la marginalidad. No hay una política que no sea paliativa. En los últimos años, se ha considerado como progresista la política de urbanización de las villas. Esto tuvo sus éxitos, en Medellín por ejemplo, frente a la idea anterior, que era la erradicación. Hoy en día, el sentido común urbanizador, impide la discusión: ¿cómo vamos a resolver este problema que no hace más que crecer? En ese sentido, la urbanización se convierte en mejoramiento, pintura, pero nunca termina de poner a esos sectores al mismo nivel que el resto de la ciudad. No se piensa bien cómo hacerlo.

Buenos Aires sigue teniendo tres millones de habitantes desde los años 40, y en esa demografía los únicos que crecen son los sectores de la miseria y la marginalidad.

¿La pandemia va a forzar un replanteamiento del proyecto de ciudad o seguirá la inercia imperante?

Todavía no terminó la pandemia. Sin embargo, la coordinación política que había obligado esta situación, ya se está debilitando mucho. Esta coordinación debería extenderse a otros aspectos de la política urbana. Lo veo retrocediendo. Me temo que la inercia de una vida política que no incorpora la palabra coordinación en su vocabulario sea más fuerte que la necesidad de coordinación que revela la pandemia. Vivimos en una crisis que tiene tantos años que ya contradice el sentido de la palabra crisis.