Adiós a Dios, despedida en Plaza de Mayo y en todas las lenguas

Flanqueados por dos banderas argentinas, hombres y mujeres, viejos y chicos, esperan horas, caminan y entran a paso rápido para decirle, en dos segundos, adiós a ADios. Una estela de lágrimas pespuntea el sendero de la Plaza de Mayo donde una multitud fue a celebrar los goles del campeón.

Manos de trabajo, pasadas a las apuradas por las mejillas; lloros desconsolados sin vergüenza; abrazos entre desconocidos. Gritos de cancha, aplausos, vítores. La necesidad de contar y también silencios desolados.

El Poder Ejecutivo Nacional decretó tres días de duelo. “No sé cuántas personas tienen la posibilidad de sólo darle felicidad a un pueblo”, dijo Alberto Fernández, que -en acuerdo con la familia- dispuso que el funeral fuera en la Casa de Gobierno hasta las 16 de este jueves.

La Casa Rosada abrió las puertas para que, huérfanos de toda orfandad, millares de personas se acerquen a despedir al hacedor de sonrisas, de abrazos, de emociones, de goles. Al nombre pronunciado en todas las lenguas. Al cebollita adolescente, seguro de que un día llegaría al Mundial. Al que dijo que había que darle felicidad al pueblo. Al vengador de tantos males y tristezas. Al que se hizo pito catalán a la reina, a la Tatcher, a Juan Pablo II, a los ricos, a los malos. (Aunque se haya juntado con tanto rico y tanto malo, y qué importa.)

Quién sabe qué se llora en este llanto nacional, más que nacional, planetario.

Maradona fue un alquimista que se las arregló para no dejar nunca del todo la casa pobre de Villa Fiorito, ésa que describió así: “Yo nací en un barrio privado… privado de luz, de gas, de teléfono”. Al que volvió mil veces a Esquina, el pueblo correntino de sus padres, con la mano abierta para tratar de reparar algunas de las tantas injusticias.

Un hombre-niño que metió muchas veces las patas en un barro que no era el de Fiorito. Sabemos de memoria que con las mujeres bla bla bla y con su paternidad bla bla bla. ¿Y qué? Para decirlo como dicen que dijo Fontanarrosa: “Qué me importa lo que hizo Maradona con su vida, lo que me importa es qué hizo con la mía”.

El diario inglés The Guardian, la mano de Dios in memoriam.

“Dios está muerto”, titula un diario francés. “Maradona en las manos de dios”, titulan otros. En todas las lenguas, otra vez, en todas las formas.

El amor de Nápoles, las alegrías en el sur de Italia.

En cada rincón del planeta despiden hoy al Diez. En la calle, en la casa, mirando mil veces los videos de sus goles. Con un altarcito de fotos y camisetas y añoranzas. En todas las lenguas, otra vez. Porque la alegría, el genio, la generosidad no usan pasaporte.

Chau, Diego. Chau Dieguito.