Luciano Lutereau, psicoanalista: “Este año, algunos lograron darle una vuelta al modo capitalista de vida”

Por Franco Spinetta. Especial para Diario Z

Hace un año, nadie sabía lo que se avecinaba. La pandemia que había comenzado en China se estaba esparciendo por Europa y, sin embargo, aún persistía cierta esperanza de que no arribara a estas tierras. Luego sobrevino la cuarentena, las restricciones, el miedo, la incertidumbre, las polémicas, las curvas, las mesetas, las vacunas, los anti cuarentena, la suspensión de clases, la multiplicación de la virtualidad y la modificación casi total de los hábitos y rutinas. Filósofos y analistas arriesgaron el fin del capitalismo, la transformación total de las estructuras de relaciones económicas y políticas en el mundo. Se tejieron todo tipo de proyecciones acerca de las alternativas que se abrían en el plano personal, psicológico y filosófico, como si fuera una oportunidad única para repensar nuestra vida.

Luciano Lutereau, psicoanalista, doctor en Psicología y Filosofía, profesor universitario y autor de varios libros (Fantasías fundamentales: deseo culpa y género, Ediciones La Cebra, 2018, y Más crianza, menos terapia: ser padres en el siglo XXI, Paidós, 2018), asegura que para muchas personas, la pandemia fue una oportunidad para reflexionar, para reformular los objetivos cotidianos, pero que en términos generales “el imperativo de ‘no parar’ fue más fuerte”. Lutereau analiza los cambios a nivel personal y familiar, el hogar transformado como eje absoluto, los desafíos para niños y adolescentes que convivieron prácticamente el 100% del tiempo con sus padres.

¿Qué nos dejó un año entero de vida pandémica?

Creo que para muchas personas fue una instancia de reflexión, no faltaron quienes a partir de la pandemia deshicieron ciertos hábitos rígidos, modificaron estilos ansiosos, distinguieron el “hacer por hacer” de una vida con sentido, reformularon objetivos cotidianos y entendieron que, con menos, se vive más y mejor. Quiero decir con esto que lograron darle una vuelta al modo capitalista de vida, basado en producir, acumular y postergar eso que, a veces, no vuelve más: tiempo para el amor, para los hijos. El capitalismo nos pide que nuestro tiempo sea siempre productivo, que ganemos tiempo, que aprovechemos, sin pensar qué perdemos cuando no queremos perder siquiera un minuto. Como dije, muchas personas lograron darle una vuelta a esta cuestión. Pero creo que, en términos generales, para otras fue más complicado, porque sobre todo el impacto de la pandemia fue a partir del miedo, de temores muy profundos, que no admitieron la elaboración, sino que fueron negados. Esto es lo que vimos en la última parte del año, cuando para salir del temor es como si hubiéramos pasado a hacer de cuenta que el virus no existe. Así estamos hoy, en un estado de relajamiento casi completo y los contagios no disminuyen y la letalidad tampoco. Pareciera que, en este punto, el imperativo de “no parar” fue más fuerte.

¿Hubo algún efecto masivo social en relación al impacto que tuvo la pandemia en nuestras vidas?

El principal efecto masivo fue, al comienzo, el miedo y una interpretación del miedo bastante precaria, porque en la cabeza de casi todos funcionaba una ecuación del estilo: exposición = contagio = enfermedad = agravamiento = muerte. Incluso cuando aparecieron los llamados “asintomáticos” esta ecuación siguió funcionando. En el imaginario social todavía el virus está asociado a la muerte, por eso la negación se impone y es comprensible (aunque no justificable). Porque nadie puede vivir meses y meses con la idea de que puede morir.

Ese miedo no impidió el incremento de los descuidos.

Esta interpretación básica del miedo no permite desarrollar conductas de cuidado, que sirven sobre todo para proteger a los demás; uno no puede decidir si va a contagiarse o no. Eso puede ocurrir. Es muy posible que si uno se contagia, sea con síntomas leves. No se trata de pensar a partir de uno mismo y evitar la muerte; sino de desarrollar conductas de cuidado que reducen mucho más la chance de contagiar a otros. Ahora bien, si reduzco la chance de contagiar a los demás y los otros hacen lo mismo, yo también estoy más protegido.

¿Eso implica cambiar un enfoque ante la vida?

Lo difícil de este virus es que, para salir adelante, implica un cambio de mentalidad. Impone salir del individualismo y privilegiar el cuidado del otro. Esta es la técnica más eficaz y la que más nos cuesta, porque el principal problema es que cuando pensamos a partir de nuestra individualidad terminamos teniendo actitudes que aparentan ser de cuidado pero no lo son. Nosotros no sabemos cuidarnos y así es que, por ejemplo, hay quienes usan barbijo, pero mal puesto, se lavan mal las manos. El individuo, librado a sí mismo, tiende a hacer de cuenta que se cuida, a fingir cuidarse y le termina alcanzando con eso, mientras que si pensáramos el cuidado a partir del otro, sería más efectivo.

¿Considera propicio, en un momento como éste, emprender cambios grandes en nuestras vidas, pensando en la posibilidad de que se genere más estrés o ansiedad?

Como decía al principio, hay personas que en este tiempo se animaron a cambiar. Quizá lo importante sea destacar que los grandes cambios a veces no son tan grandes. En calidad de vida, a veces un pequeño gesto, un acto mínimo es mucho más aliviante que pensar una vida nueva. Reinventarse en un 100 por ciento es más bien una ficción. Llegado a cierto punto, son pocos los que pueden “dejar todo e irse”. Esto es más una fantasía que, justamente por ser tal, se dice y repite, pero nunca se hace. Es una fantasía de evasión. Sin embargo, eso no quiere decir que no se pueda hacer nada y que haya que resignarse, todo lo contrario. Porque a veces modificar el modo de tomarse las cosas, resignificar la prisa y la ansiedad con que vivimos, dejar de hacer fuerza para que las cosas salgan como pensamos, darnos cuenta de que cuando perdemos no es más que una parte y casi nunca es todo, no alimentar expectativas angustiosas, no esperar lo peor, porque si incluso pasara lo peor, anticiparlo no serviría de nada, en fin, rectificar ciertas estrategias habituales de sufrimiento no es gran cosa, pero implica cambios enormes en el modo de vivir.

¿Cómo vivieron este año niños y adolescentes?

Fue muy diferente la experiencia de los niños y de los adolescentes. Para los niños, en principio fue fundamental que pudieran jugar y así lo hicieron. No hubo trastornos específicos de cuarentena, aunque sí regresiones (volver a hábitos que habían abandonado: dormir con los padres, mamaderas, etc.), pero que estuvieron dentro de lo normal. Cuando fue posible retornar a las plazas, los niños volvieron a jugar con otros y recuperaron su socialidad. En sentido estricto, esta cuestión la terminaremos de ver con el inicio de clases presenciales, cuando veamos un contexto de interacción más formal y veamos cómo responden a una vincularidad diferente de la parental.

Los niños estuvieron prácticamente todo el tiempo con sus padres.

Es el rasgo más significativo: los niños vivieron un año casi 100 por ciento con los padres y esto no es lo común. En la vida de un niño también había muchos otros y la escuela es un lugar central para establecer un acceso al mundo público. Esto es lo que no puede garantizar la educación virtual, por eso ahora toca ver qué ocurre en los próximos meses. Lo que ubico es que la escuela no es solo un espacio pedagógico. En este punto hay que ser sumamente prudente: es importante cuidar la escuela, aunque no puede ser que se concurra de cualquier manera. Espero que si aumentan los contagios se suspendan otras actividades antes que las escolares.

¿Y qué pasó con los adolescentes?

Para ellos, la socialidad es mucho más importante. Creo que este tiempo de pandemia nos mostró cuánto descuidamos considerar a los jóvenes como una población activa y reforzamos solamente sus actitudes de esparcimiento. Por eso creo que nos encontramos con que llegado el punto no fueron del todo cuidadosos. Esto no quiere decir estigmatizarlos, porque ellos más bien se plegaron al ritmo de una sociedad que relajó los cuidados. Achacarle a los jóvenes los contagios olvida dos cuestiones: por un lado, que todo este tiempo casi no se pensaron actividades para jóvenes ni estrategias para que transitaran la pandemia; por otro lado, mucho de los que llamamos “adolescentes” hoy son personas de más de 20 años que están fuera de la vida social, a no ser por la conservación de grupos de pares de la escuela, con lo cual es complicado que puedan implicarse de antemano en actividades comunitarias si continúan en una posición infantil. Muchos de los llamados “jóvenes” que en la costa desafiaban la cuarentena, u organizaron fiestas, son en realidad grandulones que no pudieron armar una vida más que como una continuación de los hábitos de los 15 años.

El regreso a clases presenciales estuvo signado por un debate que, hasta último momento, excluyó el deseo (y la voz) de los propios alumnos y alumnas. Algunas encuestas marcan que la mayoría desea volver a la escuela, y se me hace que es una opinión que contradice el sentido común (ningún chico quiere ir a la escuela). ¿Por qué sucede esto?

El motivo está en lo que decía antes. No es lo común que un niño conviva tanto tiempo con los padres. Esto es lo que desafía el sentido común, para el que no hay nada mejor para un niño que sus padres. Si esta relación se vuelve exclusiva, como ocurrió a partir de la pandemia, la capacidad de crecimiento se ve afectada. Pensemos esto: un niño siempre es más niño con sus padres. ¿No es lo que ocurre cuando, al regresar de la casa de otro niño, se cuenta que allí comió más cosas, durmió mejor, tuvo más autonomía? La relación exclusiva con los padres refuerza la dependencia y esta es una idea muy importante porque, como digo en mi libro “Más crianza, menos terapia”, la crianza es una tarea comunitaria y no solo parental. La pandemia podría considerarse como una buena demostración de la idea de que para criar a un niño, antes que padres especialistas en crianza, necesitamos una sociedad mejor, repensar algunas de nuestras instituciones o, como digo en el libro, ¿qué es ser un buen padre o madre? Ser un buen ciudadano.

Uno de los impactos más grandes de la pandemia, más allá de la cuestión sanitaria, ha sido hacia adentro de las familias, con una redefinición de pautas de trabajo y tareas hogareñas. ¿Cómo se asimilaron esos cambios?

En este contexto, sobre todo para quienes tienen hijos, se volvió difícil trabajar y criar al mismo tiempo. Para muchos padres esto fue una fuente enorme de ansiedad, como lo es en estos días reacomodar los tiempos a la escuela presencial que tiene una modalidad horaria reducida. Es curioso, porque escuché padres que hoy prefieren la virtualidad, ya que por fin habían logrado encontrarle el ritmo. Tendemos a la inercia y la pandemia puso en jaque nuestras rutinas, por eso a mí me gusta distinguir entre rutinas y hábitos: estos últimos siempre tienen un costado creativo, no se pueden reducir al piloto automático. Los hábitos son esenciales porque admiten reformulación y, al mismo tiempo, nos ayudan a pensar la vida en situación. Por lo general, queremos olvidarnos, decir “Listo, tema resuelto” y ya no pensar en eso, pero este modo de vida perpetúa los errores, hace que nos demos cuenta de las cosas demasiado tarde. El hogar no es solo una casa ordenada, es un sentimiento compartido con otros, un lugar de cuidado y de protecciones; por eso si hablamos de tareas hogareñas, la cuestión no es cómo hacer para poder trabajar en casa, sino para que esta sea un lugar que nos dé plenitud, que nos conecte con los demás, que nos permita todas las noches, a pesar de que muchas cosas no hayan salido, sentir que estamos en paz. Porque en última instancia estamos juntos y mañana será otro día.