Toporosi: “Aislados, sin sus amigos, los adolescentes quedaron encerrados en sus propios miedos”

Por Franco Spinetta. Especial para Diario Z

Para la psicoanalista Susana Toporosi el devenir de la pandemia y sus consecuencias en la dimensión humana más íntima es materia de trabajo cotidiano. Psicoanalista de niños y adolescentes del Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez, integrante de la Revista Topía sobre psicoanálisis y cultura, Toporosi de dice a Diario Z que “lo primero que surge tras la pandemia es la gran diferencia de impacto según las clases sociales. Hay distintos miedos que se pueden producir, según desde donde cada uno está ubicado en relación con esas desigualdades”, explica.

Para Toporosi, se tardarán muchos años en comprender cabalmente el impacto psicológico de lo que nos toca vivir. Sin embargo, algunos trazos finos, como líneas de pensamiento, empiezan a vislumbrarse. A finales de marzo del 2020, cuando apenas comenzaba la cuarentena, Toporosi le decía a Diario Z que la cuarentena se revelaba como una oportunidad para “rescatar lo importante de la vida” y recuperar las formas de solidaridad comunitaria.

¿Se aprovechó esa oportunidad?

Al profundizarse las desigualdades sociales, fue una oportunidad para visibilizarlas. En ese sentido, yo tenía la esperanza de que esta crisis tan importante tuviera algún correlato en la conciencia social, respecto del nivel de sometimiento de los cuerpos y de las vidas al capital. Al principio sólo se podían ver en la calle y durante la noche los cuerpos de los jóvenes pedaleando sin parar, sólo para aumentar el poder de las apps de delivery, que fueron uno de los grandes pulpos que se quedaron con gran parte de la riqueza de los trabajadores. Fue como un regreso a la tracción a sangre. Ante la falta de oportunidades, de trabajo, no son cuestiones que surgen porque sí. Hay políticas que decidieron estas formas de repartir la riqueza y que afectan de esta manera a los jóvenes. Ahí es cuando uno dice: bueno, esto podía ser una oportunidad para poder visibilizar el nivel de sometimiento que aplica el capitalismo. Pero, pasados unos meses, lo que podemos ver es el afianzamiento de estas de explotación. Por supuesto que hay luchas.

¿Por ejemplo?

En el terreno de los trabajadores de la salud, a pesar de esas luchas, se ve claramente cómo el discurso del poder los transforma en héroes para no reconocerlos como trabajadores con derechos.

Como una suerte de sacrificio heroico.

Exactamente, al ponerlos como héroes los ubican más afuera de los derechos laborales. Lo que vemos es que pasan los meses, por ejemplo en la Ciudad de Buenos Aires, y los derechos son cada vez más pisoteados. Hay cargos totalmente flexibilizados, con pagos por debajo de lo que dice la ley. Las paritarias apuntan a cerrarse con bajos aumentos. Los profesionales que tienen algún problema de salud y que no pueden concurrir, no son reemplazados en su lugar de trabajo. Son todas formas de ahorrar dinero. A pesar de lo que se dice, no hubo una inversión en relación a condiciones laborales de los trabajadores de la salud. Esto es lo que se ve en los hospitales, lo que vivimos día a día. Esto se suma a que hay muchos trabajadores de salud que todavía no han sido vacunados y no sabemos por qué. Entonces, las desigualdades siguen vigentes y se profundizan. Y lo más importante es en qué medida logramos hacer esto visible porque, mientras tanto, el propio sistema avanza y trata de invisibilizarlo. Es una lucha muy desigual, frente a todos los recursos que tiene el capital. Es una situación global.

¿El sistema ha perfeccionado ciertas herramientas para neutralizar esos avances?

Sí, y para apropiarse de las reivindicaciones de los trabajadores, encontrando la manera de fagocitarlos y armar un relato donde siempre quedan bien parados. Eso lamentablemente sigue adelante. Se quedan con todo.

Durante el 2020, la situación de los jóvenes quedó al margen hasta que hacia el final del año fueron acusados de multiplicar los contagios por las fiestas clandestinas. Usted trabaja día a día con los jóvenes, ¿qué les pasó durante este año de pandemia?

Si tomamos la primera mitad del año, cuando no podían encontrarse con sus pares, hubo efectos muy importantes en los adolescentes. Están atravesando un momento que podríamos denominar como trabajos psíquicos para desprenderse de los adultos, de lo familiar, y para eso necesitan mucho agarrarse fuertemente de los vínculos con sus pares. Para soltar a los adultos, necesitan de esos vínculos. Ahí se arma una especie de laboratorio donde se van procesando todas las emociones; mirando al amigo o amiga, sobre todo del mismo sexo, van aceptando sus propios cambios corporales, reconociéndose en su cuerpo nuevo después de la pubertad. Todos esos trabajos que tienen que hacer durante la adolescencia, requieren de la presencia corporal y sobre todo de la mirada del par, de sus amigos o amigas.

¿Cómo interfirió la cuarentena en ese proceso?

Bueno, no se produjeron esos encuentros. Lo que veíamos era, sobre todo, situaciones de tristeza, irritación. Tomemos un ejemplo. Una adolescente se entera que una amiga de su abuela se murió, estaba sola en la casa y estuvo varios días muerta hasta que la encontraron. También vivía cerca de donde hubo un explosión, en la avenida Corrientes, donde murieron dos bomberos. Y, además, ve día a día los datos de las muertes por la pandemia. En otros momentos, lo que sucedía era que, en el encuentro cuerpo a cuerpo con sus pares, podían contarse esto y por ejemplo preguntarse si tenían miedo de que les pasara algo a sus padres. Este tipo de cuestiones que se hablan, que implica una mirada cara a cara, donde se ve qué le pasa al otro en su expresión al enterarse de esas noticias, este tipo de cuestiones son las que permiten que los adolescentes puedan procesar el tema de la muerte, los miedos que genera la muerte en una situación de pandemia. Sobre todo, para quienes tenían a sus familiares trabajando en el sector salud. Desde cierta edad, cuando empezamos a reconocer la presencia de la muerte, se abren momentos de elaboración. No poder estar con otros pares para poder compartir estas emociones, mirarle la cara al otro para ver qué le pasa… esa ausencia del cuerpo del otro para poder procesar todo esto, los dejaba en una situación de encierro con sus propios miedos. Muchas veces esto se transformaba en situaciones atemorizantes.

Siempre estamos hablando de los “grandes temas”, pero a veces se trata de situaciones en apariencia tan pequeñas.

El cuerpo, la mirada del otro, poder mostrarle en un vínculo de confianza los miedos, que no se muestran a cualquiera, sino a un amigo cercano, en un momento de intimidad que se arma entre los dos. Eso permite no sentirnos solos frente a ciertas cuestiones a elaborar, que la pandemia puso en el centro: el tema de la muerte, el miedo a perder a los padres, quedarnos solos fue una fantasía de muchos chicos y chicas. Poder armar un espacio de intimidad para poder hablar de esa situación que lo angustia, quedó en suspenso… esto no se podía recrear en un Zoom. Tal vez, lo intentaron, pero no se logró. El ir llegando a esa situación de intimidad, armarla, no fue posible. Muchos adolescentes tuvieron crisis de angustia, se les cerraba el pecho, no podían respirar, tenían miedo a morirse. Todo estaba relacionado con la falta de cercanía con sus pares.

¿La tecnología mostró sus límites, en especial, en el ámbito escolar que se reveló como insustituible?

Justamente, el ámbito escolar permite el encuentro generacional que habilita a realizar esos trabajos psíquicos tan importantes, que se necesitan en esa etapa y que no son posibles en aislamiento. No poder encontrarse en la escuela, dejó en un estado de aislamiento a muchos chicos y chicas, con situaciones que llevaron a estados de mucha angustia. Se me viene a la mente un caso de una chica que terminó la secundaria, tenía que empezar el CBC y lo único que recibía eran PDF, que ella tenía que imprimir y leer. Sin ninguna cara, sin contacto humano con profesores y compañeros. En el horizonte, tenía sólo una fecha de examen… lo que a ella le pasaba era que sentía mucha angustia, creyó que podía morirse… además, le pasaba que no tenía en el futuro una promesa sostenedora para poder esperar algo mejor. Se sentía en un mundo desconocido, no se podía organizar, no había tiempo. No tenía ganas de levantarse, sólo buscaba un poco de comida y se quedaba en la cama todo el día. O sea, las experiencias se hacen en articulación con otros y otras, no se puede hacer una experiencia en aislamiento. Entonces, la ausencia de experimentar con espacios nuevos y desconocidos -hasta lograr apropiarlos-, con pares y profesores, la dejaba librada sólo al mundo interno de sus propios miedos y angustias, sin ningún tope desde la realidad.

El Zoom no alcanza para suplir esa experiencia.

La tecnología es una herramienta, un instrumento que bien aprovechado puede ser muy útil, pero que tiene que estar al servicio de lo que necesitan los sujetos y la comunidad. No es un fin en sí mismo. No es, tampoco, un reemplazo del poder de las experiencias con la mirada y los cuerpos de otros. Entonces, como terapeuta me encontré con situaciones que nunca me había imaginado. Por ejemplo, le propuse a una adolescente de 18 años que debía dar un examen, pero que no se podía sentar a estudiar, que buscara acercarse a su mamá, una persona que la respeta y que no era invasiva. Le recomendé algo que, en realidad, va a contramano de lo que una adolescente de esa edad necesita. Sin embargo, lo que ella necesitaba y que yo reconocía que su mamá podía dárselo, era estar cerca de alguien que la pudiera mirar amorosamente y que ella podía sentir una presencia humana, que la valoraba, la estimulaba para estudiar, le ordenaba y organizaba el espacio y el tiempo para preparar el examen. Fue lo que necesitaba, finalmente.

¿Cuándo tomaremos dimensión del impacto psíquico de la pandemia?

Vamos a tardar años en comprenderlo. Pero tengamos en cuenta que unos pocos meses, para los niños, niñas y adolescentes es muchísimo tiempo y transitaron la necesidad de hacer estos trabajos psíquicos en aislamiento, con contactos a través de las distantes pantallas, sin el contacto corporal necesario para incorporar esas experiencias.