Cuáles son los peligros de compartir fotos de bebés y niños en internet

Por Marina Guerrier. Télam

El hábito de documentar y compartir en redes sociales el crecimiento de los hijos se ha vuelto tan popular que existe una forma de llamarla: sharenting. Es una palabra compuesta por dos términos en inglés, share que significa compartir y parenting, crianza. Es tan amplia la expansión de este fenómeno que muchos profesionales de la fotografía se han especializado en capturar imágenes de chicos, incluso antes de su nacimiento.

La infancia se ha vuelto pública y momentos que antes eran privados ahora se exponen en línea. El sharenting es una práctica digital que se masificó y consiste en que los responsables de la crianza de un niño o niña compartan sus imágenes en redes sociales. Simplemente haciendo una búsqueda rápida en Instagram hay 21 millones de fotos y videos publicados con la etiqueta #bebé, y otros 9 millones con el hashtag #niño.

Una seguidilla de fotografías producidas o casuales que capturan a un bebé minutos después de haber nacido; también a niños durmiendo, cumpliendo años, comiendo, cantando y bailando, o dándose un baño.

El acceso generalizado a dispositivos de foto y video alimenta día a día ese archivo abierto a todos los usuarios de redes sociales, pero la magnitud del fenómeno es tal, que un área de la fotografía comenzó a profesionalizarse en el retrato de infancias.

En la red social Instagram hay 21 millones de fotos y videos publicados con la etiqueta #bebé.


“En estos últimos 6 o 7 años fue el gran boom de la fotografía de niños en Argentina”, explica a Télam Sayi Serra, fotógrafa infantil. En 2014, se realizó por primera vez en el país el Congreso de Fotografía Infantil “Smile”, un evento que reúne y capacita todos los años a fotógrafos latinoamericanos.

“Mi fotografía nació con ese empujón inicial que me permitió crecer en un corto plazo”, cuenta Sayi, que participó del congreso y comenzó tomando fotos de sus sobrinas como un pasatiempo. Hoy tiene su propio emprendimiento, “Pequeño Mundo Fotografía”, y retrata a chicos de entre 1 y 6 años junto a sus familias. “Siempre ofrecí fotografiar embarazos y en el último tiempo, también partos, me resulta interesante el ciclo de la maternidad hasta el primer año del bebé”, agrega.

.Dentro de la fotografía infantil, hay una rama que se especializa en el registro de bebés recién nacidos. Este estilo fotográfico surgió en Estados Unidos durante la década de los 90 y se denomina new born (recién nacidos en inglés) porque se realiza durante los primeros 15 días de vida, cuando el bebé conserva naturalmente la posición fetal y alcanza un sueño profundo que permite fotografiarlo.

Las fotos que resultan de estas sesiones pueden formar parte de un fotolibro y mantenerse en el círculo familiar, pero la mayoría de las veces circulan en redes sociales, en los perfiles de sus madres y padres, e incluso en el del fotógrafo que las tomó y muestra a través de ellas su trabajo.

Las redes sociales se caracterizan por la inmediatez en la interacción, la masividad de su uso y la potencial viralidad de sus contenidos. ”Pueden pensarse como una manera positiva de vincularse: muestro cosas positivas e inmediatamente recibo reacciones positivas, un ‘me gusta’ valida esa imagen que quiero transmitir”, explica a Télam Mariel González, psicóloga de niños y adolescentes, y se pregunta “qué es más positivo que la imagen de un niño y su ingenuidad, su espontaneidad”.

“Lo que habría que evaluar es qué impacto puede tener esa sobreexposición en el niño, en su etapa constitutiva”. Desde la psicología, la constitución subjetiva del niño está atravesada por la mirada del otro, “ese otro son los padres como fundantes y constitutivos, pero qué pasa cuando además hay miles de miradas más atrás de la pantalla”.

Toda nuestra actividad en Internet deja un rastro, construye la identidad pública de una persona en un entorno digital. “La huella digital es la reputación de las personas en Internet, esta reputación es construida a partir de información que sube la persona pero también terceros vinculados a ella”, explica a Télam Carlos Richieri, Fiscal especializado en cibercrimen.

La huella digital es un recurso disponible y ampliamente utilizado. “Cada vez que estamos en una investigación penal, pero también empresas que hacen búsquedas laborales, realizan averiguaciones muy profundas sobre la reputación digital de una persona”, dice Richieri.

“Una persona no tiene control pleno de su reputación digital, pero sí puede regular aquello que comparte uno o las personas de su entorno”, señala Richieri. Y agrega “cuando se trata de la información de los niños, sus padres son los que van construyendo esa huella, y lo que pueda provocar cuando el niño sea adulto, no lo sabemos, no lo conocemos”.

Si bien los derechos de los chicos, muchas veces, son ejercidos por los padres o sus responsables legales, la Ley de Protección Integral de los Derechos de las niñas, niños y adolescentes contempla en su artículo 22 tanto la voluntad del niño como la de sus padres o responsables de crianza, cuando se trata de exhibir o divulgar datos privados o de su vida familiar. Esta perspectiva jurídica le da mayor protagonismo a los chicos porque establece que deben ser escuchados, incluso cuando su voz entre en conflicto con alguna decisión que tomen los padres.

“En el caso de niños pequeños, posiblemente no tienen la capacidad de brindar ese consentimiento que se exige, pero no deja de ser reconocido como sujeto de derechos, con capacidad de hablar por sí mismo y tener la oportunidad de ser oído”.

“La huella digital es la reputación de las personas en Internet, esta reputación es construida a partir de información que sube la persona pero también terceros vinculados a ella”.

Carlos richieri, fiscal

Según el fiscal, los padres deben tomar conciencia acerca de la irreversibilidad del contenido que se comparte en Internet, “una foto que se publica en Internet es imposible de eliminar totalmente, alguien puede capturarla y utilizarla con fines distintos a los que tuvo cuando fue publicada”, explica Ricchieri.

El fiscal detalla algunos ejemplos, “estas imágenes se pueden utilizar para acoso escolar entre los compañeros o para hacer cyberbullying (acoso a través de medios digitales); también por agresores sexuales o para hacer una sustitución de identidad”. Pero además, Ricchieri advierte que “el sharenting suministra información tan específica, como datos de ubicación, que podría facilitar delitos que se cometen fuera del entorno digital, ya sea abusos, secuestros o robos”.