Déficit de naturaleza: cómo afecta a la salud de los más chicos la falta de espacios verdes

Por Franco Spinetta. Especial para Diario Z

La falta de espacios verdes en la Ciudad de Buenos Aires es crítica. Aunque la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda entre 10 y 15 m2 de verde por habitante, los porteños disponen de apenas 5,13 m2, uno de los peores índices a nivel mundial.

La situación podría empeorar por el avance del gobierno de Horacio Rodríguez Larreta sobre grandes terrenos vacantes, como Costa Salguero y la Ex Ciudad Deportiva Boca Juniors, donde los privados impulsan la construcción de cientos de miles de m2.

En paralelo, y más allá del debate acerca del uso inmobiliario de las tierras públicas, crece la preocupación por cómo estos proyectos, que disminuirán aún más la superficie de parques y plazas en la Ciudad, afectarán la salud y la calidad de vida de los porteños a los que cada vez se les hace más difícil estar en contacto con la naturaleza o descansar un rato mirando el río.

Los especialistas que estudian la relación del ser humano con la naturaleza, en especial en ámbitos urbanos, recurren a un concepto acuñado por el investigador norteamericano Richard Louv: el síndrome de déficit de naturaleza, que afecta principalmente a los niños.

La falta de parques, plazas, plazoletas, incluso la cementación excesiva de canteros y veredas, es una constante desde 2007. Durante los gobiernos de Mauricio Macri y de Horacio Rodríguez se transfirieron más de 400 hectáreas públicas a privados, que sumaron más de 9 millones de m2 construidos. En el mismo período, según datos oficiales, la disponibilidad de espacios verdes se redujo a la mitad.

“La falta de espacios verdes deshumaniza”

“Con este escenario no es posible perder un solo espacio verde más, eso queda claro”, dice a Diario Z Claudia Nardini, naturalista y directora del Departamento Educativo de Aves Argentinas. Según explica Nardini, los espacios verdes no sólo son importantes para la salud física, sino también por los beneficios que reportan para la salud mental, tanto en niños como en adultos.

Este aspecto se reveló crucial durante la pandemia, cuando muchas personas percibieron la carencia de lugares de esparcimiento cercanos a su hogar.  “Todos deberíamos tener cerca, a no más de tres cuadras, un espacio verde amplio, pero si miramos el mapa de la Ciudad de Buenos Aires, la situación está lejos de ser la ideal: hay barrios en los que la falta de espacios verdes es terrible y ni hablar en barrios donde ya prácticamente no hay casas con jardines y muchas familias viven en edificios”, amplía Nardini.

“En un contexto donde todavía estamos transitando un proceso de alfabetización ambiental, los espacios verdes y, en particular, las reservas naturales urbanas ofrecen una oportunidad única para la docencia”, dice a Diario Z Claudio Bertonatti, naturalista e investigador de la Fundación Azara. “Allí se encuentran los seres vivos que constituyen el mejor recurso didáctico para educar desde el descubrimiento y el asombro de la realidad en un mundo que rinde culto a lo virtual“, explica.

Para Eduardo Haene, docente e investigador de la Universidad de Belgrano, autor de un proyecto para crear bio-corredores en la Ciudad, la falta de contacto con la naturaleza “nos deshumaniza”. “Estamos perdiendo la esencia, en un sentido profundo. Hablamos de la socialización, la confianza, la tranquilidad, los tiempos sanos y naturales. Es un empobrecimiento como especie”, asegura.

Está demostrado que los niños “que están familiarizados con la naturaleza presentan menos estrés psicológico, tienen mayor desarrollo de movimiento y desarrollan mejor la atención”, según explica un trabajo de Isabel Rodríguez Piña, publicado por la Universidad Internacional de La Rioja.

“Es beneficioso también para los niños con trastornos de atención e hiperactividad y ayuda a prevenir la obesidad e incluso los problemas de miopía”, añade. 

¿Cuáles son los impactos directos en la salud? El pediatra Sergio Snieg dice a Diario Z que uno de los “problemas de no acceder a la naturaleza es la poca exposición al sol, que es importante para la metabolización de la vitamina D”. “Esta vitamina favorece la mineralización ósea, mientras que la falta de exposición aumenta, por ejemplo, el riesgo de osteoporosis”, agrega.

Snieg coincide en que el contacto con la naturaleza provoca una situación placentera, genera endorfinas, revitaliza y es antioxidante. “Además es un cable a tierra que hace que descarguemos tensiones, reduce el estrés, y hace que estemos más conectados”, explica.

“Estamos convencidos de que en la Ciudad, el principal servicio que brinda la naturaleza es el bienestar y la salud humana”, apunta Haene. De esta manera, el concepto de biodiversidad en ámbitos urbanos, se convierte en “transversal a todos los temas”.

“Incluso para quienes no tienen empatía con la naturaleza, su salud depende de sus servicios. Por eso, nos interesa que haya más naturaleza en Buenos Aires: tiene que ver con el bienestar humano”, dice Haene. Y añade: “Es uno de los medios más eficientes para generar equidad, los servicios que genera son comunitarios. Enriquecer a la ciudad con más especies nativas, implica bienestar para todos y es medible”.

Grandes parques o pequeñas plazas de cercanía

“Vivo a una cuadra del Parque Patricios y cada fin de semana me queda claro la necesidad de las familias de pasar al menos un par de horas al aire libre… ¡se llena!”, dice Nardini. Sin embargo, esa posibilidad es más bien lejana para la mayoría de los porteños.

Los vecinos de las Comunas 5 (Almagro y Boedo) y 3 (San Cristóbal y Balvanera) deben hacer largos recorridos para encontrar algo que se parezca a una plaza, aunque estén tapadas de cemento o gomaeva. La Dirección de Espacios Verdes certifica, con números, lo que se comprueba a simple vista: ambas comunas tienen 0,02 m2 y 0,04 m2, respectivamente, de superficies verdes por habitante.

La situación empeora en los barrios populares: un mapeo de la CTA-A Capital indica que en la Villa 20 hay apenas 0,2 m2 de superficie verde; en la Villa 15, 0,22 y en el playón de Fraga, directamente, 0: ni un pedacito de verde.

Nardini advierte que, si bien es positivo que existan grandes parques, hoy es más urgente sumar más espacios verdes de al menos una manzana en la cercanía del hogar. “Puede sonar utópico -reconoce-, pero así debería ser”. “Y además deberíamos sacar un poco de cemento de las veredas y que vuelvan a tener más verde, no sólo el mínimo cuadradito del pobre y solitario árbol de la vereda”, exige.