El desgano y la imposibilidad de disfrutar son síntomas frecuentes en niños y adolescentes a partir de la pandemia

Por Demián Verduga. Redacción Z

“Al inicio de la pandemia nos preguntábamos qué efectos psíquicos y emocionales podía tener este proceso en los niños y adolescentes. Hoy, después de un año medio, se puede aseverar que ha tenido muchos efectos en gran parte de la población infanto-juvenil.”

Con esta definición, la psicóloga Gisela Grosso, que trabaja en el Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez, comenzó esta entrevista con Diario Z.  Y así arrancó un recorrido por un tema paradojal que no permite posiciones en blanco o negro. El aislamiento social fue necesario para mitigar la propagación del Covid y su impacto letal en diversos sectores de la población. Sin embargo, ese remedio tuvo efectos adversos, entre ellos los que provocó en la salud psíquica de niños y adolescentes.          

“Es importante contemplar la diversidad que implica el universo de los menores de 18 años -remarcó Grosso-. A veces se los engloba, pero la verdad es que hay un abismo entre los efectos que puede tener este proceso en un niño de 1 año y en uno de 17.”

¿Qué tipo de problemática es la que más aparece hoy?

Hay mucho desgano, imposibilidad de disfrutar de alguna actividad. Pero los síntomas cambian según las edades. En los niños pequeños observamos muchas alteraciones en el sueño, pesadillas, mayor irritabilidad. Hay regresiones a no poder terminar de controlar esfínteres en edades en que ya deberían hacerlo. Eso es algo que se ve mucho en el consultorio. Hay niños con casos de constipación. Y son niños que no tenían ninguno de estos síntomas antes de la pandemia. En el trabajo con sus familias no se ven cuestiones de origen intrafamiliar que puedan explicar los síntomas. Esto es lo que abre la interpretación para adjudicarlo a la pandemia.

¿Y en las otras edades?

Si por segunda infancia definimos los chicos de primero a tercer grado, aproximadamente, son los que por ahora presentan menos sintomatologías. La mayor cantidad de consultas son por chicos de dos a cinco años y por púberes y adolescentes. Para los púberes, etapa que puede empezar en cuarto o quinto grado, el encuentro físico con los pares es algo crucial. La videollamada demostró quedar muy corta para suplir esta necesidad. Hay datos de un estudio elaborado por Unicef que son reveladores y coinciden con lo que se ve en el trabajo diario. Casi el 50 por ciento de los niños y adolescentes que se estudiaron presentaron episodios de angustia, ansiedad, aumento de trastornos de alimentación o de sueño. Uno de cada dos adolescentes manifestó sentirse triste y un tercio sentir soledad.   

¿Los abordajes tradicionales funcionan ante estos cuadros?

En cierto momento se hacían comparaciones entre esta situación de pandemia y confinamiento con otras catástrofes. Desde el punto de vista de la salud mental es algo sin precedentes. Nuestros marcos teóricos no se ajustan para pensar la situación actual. Y ha tenido efectos sintomáticos. Esto no quiere decir que hablemos de patologías que se vayan a cristalizar como algo permanente, aunque no lo sabemos.  No se trata de avalar las afirmaciones que sostienen que la próxima pandemia es de salud mental para cuestionar las medidas de cuidado, pero ha tenido efectos que necesitan tratamiento porque son sintomáticos. El estudio que antes mencioné señala que se observan malestares psíquicos que no constituyen patologías sino que son reacciones defensivas esperables en el contexto. A pesar de esta conclusión, se requieren de algún tipo de acompañamiento.

Antes dijo que había un agotamiento de la videollamada como modo de vinculación…  

Ha mostrado sus límites en todos los ámbitos. El tema de la presencialidad escolar presenta contradicciones lógicas en los padres, puede temerse el  contagio y al mismo tiempo se ve que los chicos necesitan interactuar. El ámbito escolar es en el que se produce el encuentro generacional con los pares. Y habilita para realizar ciertos trabajos psíquicos y emocionales que precisan de esa materia prima. Son cosas que no se pueden hacer en el ámbito familiar. En otros tiempos, la calle era una especie de tercer espacio. Estaba la familia, la escuela y la calle. Hoy en las grandes ciudades la escuela es el espacio por excelencia. La pandemia cortó este encuentro. Y eso dejó en estado de aislamiento a muchos niños y adolescentes que terminaron con estados de mucha angustia, tristeza y ansiedad.

¿La prolongación de la pandemia explica la aparición de estos síntomas?

Hay algo de la incertidumbre inicial que ahora está más despejado. De todos modos, al principio era más sencillo trabajar la idea de futuro, calmar las angustias diciendo que esto no sería para siempre. La extensión de la situación empujó nuestro trabajo por otra línea. Algo muy importante para hacer con niños y adolescentes es ayudarlos a construir narraciones con lo que ha pasado. Y que eso pueda pasar de una generación a otra. A los niños más chicos no se les dio la información suficiente para que puedan construir una narración sobre esto. Se les minimizó el tema. Es importante que lo puedan narrar, escribir, y transmitir a otros.

La vacunación, ¿no ayuda a cambiar un poco el estado emocional de las familias, los niños y adolescentes?

Totalmente. Ha permitido relanzar una visión de un futuro posible sin pandemia. Y generó un ámbito de mayor tranquilidad en todos. Tengo incluso pacientes de 13 años que se van a vacunar ahora. Habilita otras posibilidades de encuentro y nuevas perspectivas. También colaboró con una disminución del temor al contagio y la muerte.