Ni negras, ni judías ni esclavas: secretos de Santa Catalina, una joya colonial que puede quedar oculta detrás de una torre

Por Valentina Herraz. Especial para Diario Z

El microcentro porteño va mezclando edificios de otras épocas con las nuevas y espejadas torres, construcciones que buscan una ciudad más moderna. Al ritmo del poder de las constructoras y de la maximización del valor de la tierra urbana, Buenos Aires pierde su esencia: el patrimonio histórico se destruye o queda oculto detrás de lo nuevo.

Suena a metáfora. Pero en las angostas calles del microcentro, llegando a San Martín al 800, la amenaza es concreta: el Monasterio y la Iglesia de Santa Catalina de Siena sobreviven allí desde hace más de 275 años. Ahora, la apacible fachada que acompaña a Buenos Aires desde la época de la Gran Aldea corre el riesgo de quedar detrás de una torre, presa del fervor inmobiliario del gobierno de Horacio Rodríguez Larreta.

“Nací frente al Convento de las Catalinas. La iglesia parecía haber nacido conmigo y no le concedía más pasado que el propio, casi imperceptible. Ignoraba que aquel lugar era histórico”, escribió alguna vez la ensayista Victoria Ocampo (1890-1979) para describir el edificio colonial que aún resiste los embates de las constructoras.

Monjas de clausura, de “sangre pura”

El edificio, que es Monumento Histórico Nacional, fue construido para alojar a 40 monjas de clausura traídas de Córdoba. Su fundador, el Presbítero Dr. Dionisio de Torres Briceño, estableció que debían ser modelo de usteridad. Tener el rostro cubierto con un velo y vestirse sin que ningún elemento desmereciera la santa pobreza y desapego con lo material. Asimismo, las celdas debían estar equipadas con lo indispensable.

Las primeras religiosas en habitar el Monasterio fueron trasladadas desde Córdoba y traídas para su inauguración. La construcción contaba con 40 habitaciones, pero muchas eran utilizadas para tareas como guardarropas, alacenas, cocinas, zonas de trabajo. Por lo tanto, las religiosas debían compartir los dormitorios. Además de dedicarse a la oración, las monjas catalinas realizaban diversos trabajos como la encuadernación de libros. También la restauración de obras de arte, confección de ornamentos religiosos, y sobre todo, bordados y costura. También se dedicaban a la literatura, a la poesía y a la música.

Los requisitos para ser una de las 40 monjas de clausura eran altos: iban desde la pureza de la sangre -no ser ni en el más mínimo porcentaje descendiente de negra, judía, esclava, etcétera. Demostrar la pureza de espíritu y pagar una dote, que podía variar de los 500 a los 2.000 pesos en plata además del costo de la habitación que era de otros 300. En todos los casos la dote al convento era la mitad de lo que una familia acomodada debía pagar para conseguir un buen esposo para sus hijas.

Parte de la historia

Desde las invasiones inglesas de 1807, cuando fue ocupado por el ejército brintánico, quizá por su ubicación, el monasterio fue protagonista de la historia de la ciudad. Al principio, ocupaba una manzana entera de las calles San Martín, Viamonte, Reconquista y Avenida Córdoba, cuando el lugar era una zona de quintas. De hecho, fue construido en esa manzana porque era menos transitada que la que originalmente se había elegido, en las calles Defensa y México. El cambio de ubicación fue pensado para garantizar que el tránsito continuo no perjudicara su arquitectura.

Frente al Monasterio estaban los almacenes de pólvora que fueron trasladados una vez producida la Revolución de Mayo, en junio 1811. El temor era que por la cercanía a la Plaza de Mayo, que en ese momento se llamaba Plaza Mayor los realistas bombardearan los almacenes. Trasladaron a la Iglesia San Nicolás de Bari más de 600 cajones y barriles de pólvora. Se buscaba proteger las construcciones cercanas. En lo que era la Iglesia San Nicolas de Bari fue erigido el Obelisco de la ciudad. Que Santa Catalina se mantenga en pie desde el siglo XVII es “un milagro”.

Con el transcurso del tiempo, y a medida que el barrio de Retiro fue incrementando su densidad, el monasterio perdió gradualmente sus terrenos. Para solventar sus gastos, alrededor de 1905 se edificaron “casas de altos para rentas…” En 1942 la Iglesia fue declarada Monumento Histórico Nacional.

En el año 1974, las monjas catalinas se trasladan a su nuevo convento en San Justo, provincia de Buenos Aires. Es por ese entonces que el monasterio cede el ala Este y las construcciones de la esquina de San Martín y Córdoba fueron demolidas para dar lugar a la torre actual. A partir de ese momento, el convento cayó en un estado de abandono. A pesar de ello, tanto el claustro principal como la iglesia, si bien deteriorados, afortunadamente se conservaron completos.

El Monasterio tuvo que esperar hasta 1975 para conseguir la protección patrimonial que solo permite arreglos que respeten la construcción original. En 2013, vecinos y organizaciones de defensa del patrimonio lograron que la justicia frenara la edificación de una torre de 20 pisos y seis subsuelos en la calle Reconquista. Por lo cercana, iba a impactar de forma negativa en la Iglesia y el Monasterio. Ahora, un nuevo proyecto convenido entre Rodríguez Larreta y una constructora amenaza el solar colonial.

Un jardín secreto

La Iglesia mantiene hoy como única misión “atender las necesidades espirituales de las personas que trabajan en el microcentro”. El cuidado patio de la Iglesia tiene árboles, trinos de pájaros y un restaurante y cafetería que permiten salirse del ruido de la Ciudad y trasladarse a un jardín pacífico. Permanece abierto desde las 10 hasta las 18 todos los días. También se realizan visitas guiadas todos los primeros miércoles de cada mes por un costo de 600 pesos. Las visitas son con aforo y hay que inscribirse por mail.

Dirección: San Martín 705.

Teléfono: (54-11) 5263-8926

Email: admin@santacatalina.org.ar