Ciudad de ruido y asfalto: las causas de la alta contaminación sonora y sus consecuencias para la salud

Por Demián Verduga. Redacción Z

Esquina de avenida Corrientes y Medrano, a las 12, un día de semana, fuera de los tiempos de aislamiento y pandemia. La medición del ruido en ese punto de la Ciudad de Buenos Aires, según el mapa interactivo elaborado por el gobierno porteño, es de entre 75 y 80 decibeles. Siguiendo en el mismo barrio, si se caminan unas cuadras hasta la calle Valentín Gómez, entre Salguero y Bulnes, por la que hay menos circulación, la medida desciende al rango de entre 60 y 65 decibeles.

Dos puntos extremos. Diagonal Norte y 9 de Julio, de día, los decibeles oscilan entre 75 y 80, con zonas de 80 a 85, según el mapa del gobierno porteño. En la otra punta de la Ciudad, en la esquina de las calles San Nicolás y Baigorria, en Villa del Parque, casi podrían escucharse los pajaritos y las hojas de los árboles movidas por el viento. Los decibeles van de 35 a 40, con zonas de 30 a 35.

Para ubicar el impacto de estos parámetros, la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda no exponerse durante el día a más de 55 decibeles. Es decir que la apacible cuadra de Valentín Gómez entre Bulnes y Salguero ya supera lo aconsejado. La OMS considera también muy riesgosa la exposición a más de 80 decibeles durante varias horas.

De las recomendaciones ideales a la realidad hay un largo trecho y la contaminación sonora en la CABA, al igual que en otras grandes ciudades del mundo, es un tema complejo. Tiene un impacto en la salud  de las personas y no suele estar en un lugar central de la agenda ambiental.

El origen

Nilda Vechiatti es profesora de la cátedra de Acústica de la Facultad de Ingeniería de la UBA y forma parte del observatorio de esa institución que ha realizado mediciones de contaminación sonora en la CABA. “En la medida en que se incrementa la actividad humana, aumenta el consumo de bienes y servicios, y la generación de residuos. Entre esos residuos debemos ubicar el ruido”, dijo Vechiatti al ser consultada por Diario Z.

“Lo que más contamina es el tráfico rodado -agregó-. Puede haber algunas excepciones en zonas que estén muy cerca de un aeropuerto o de las vías del tren, en las que estos elementos tengan más impacto, pero la regla general es la otra”.

Vechiatti explicó que dentro del ruido generado por los vehículos hay diferentes magnitudes de contaminación. “Los rodados pesados, un colectivo, al circular a baja velocidad, con motores de potencia, produce más contaminación. Los sonidos de baja frecuencia, los que escuchamos como más graves, son los que más invaden y generan más molestia”.

La profesora destacó que “para las fachadas de las casas y edificios es más difícil aislar las bajas frecuencias que las altas. Cuando el sonido es más agudo, la fachada lo frena”.

La esquina de Corrientes y Medrano es una de las más ruidosas, según el gobierno porteño.

En el caso de los transeúntes la situación es al revés: “Los sonidos agudos son más molestos para quienes caminan.”.

Si el movimiento humano es el que produce la contaminación sonora, ¿cómo se puede mitigar en una ciudad por la que circulan millones de personas por día?  

“No es nada sencillo-dijo Vechiatti-. En Europa se hacen planes de cinco años para lograr alguna reducción y a veces no alcanza. Reducir el tráfico no es fácil. Hay ciudades que han tenido ciertas mejoras logrando que sea más fluido. Si uno sincroniza semáforos, aunque no es posible hacerlo en toda la ciudad, ayuda”.

“Otra estrategia es tratar de que camiones circulen por la periferia y que haya menos concentración de colectivos en ciertas zonas-remarcó la profesora de acústica-. Algo de esto se ha hecho con el Paseo del Bajo. Poner velocidades medias, mantener las calles en buen estado. Cuando la rueda golpea con un bache no sólo genera un ruido sino vibraciones”.

La académica explicó que se han creado otro tipo de soluciones, aunque minimizó su eficacia. “En el parque automotor hace muchos años que los motores se fabrican para que hagan poco ruido. Lo que más se escucha es el sonido de la rodadura, de las llantas girando sobre el asfalto. En algunos lugares se propone el uso de un asfalto especial que  absorbe el sonido. Los resultados muestran que es muy poco lo que reduce”.

“Los rodados pesados, un colectivo, al circular a baja velocidad, con motores de potencia, produce más contaminación. Los sonidos de baja frecuencia, los que escuchamos como graves, son los que más invaden. Las fachadas no los pueden frenar”.

Nilda Vechiatti, profesora de Acústica de la Facultad de Ingeniería de la UBA.

Al ser consultada sobre el nivel de contaminación sonora de la ciudad comparada con otras ciudades de dimensiones similares, Vechiatti contestó: “Es un mito decir que es la más ruidosa del mundo. Lo que conozco, por ejemplo, son niveles de Madrid. Y están por encima de los de Buenos Aires. El ruido es proporcional a la actividad de una ciudad. En líneas generales, lo primero es plantear las metas de calidad acústica, para el día y la noche, luego hacer el diagnóstico y un plan de acción que lleva años”.

El impacto en la salud

Más allá de la molestia, de las dificultades que puede haber para descansar o concentrarse, la contaminación sonora tiene un impacto en la salud de las personas que se ven expuestas al fenómeno. Y una ciudad, en la que buena cantidad de sus habitantes están expuestos, puede considerarse una cuestión de salud pública.

“Hay dos grandes grupos de daño  en la salud por este tema. Uno tiene que ver con el sistema auditivo y otro está asociado a lo psicofisiológico”, le dijo a Diario Z  Elisa Viladesau, fonoaudióloga que trabajó en diversas instituciones y además se dedica a las terapias de recuperación vocal.

“El oído humano evolucionó en tiempos en los que no se producía la cantidad de ruido que hoy se genera, entre autos, aparatos de construcción, industrias. Está preparado para el contacto con los sonidos que podía encontrar en la naturaleza: una catarata, animales, el viento, los truenos”. Al ir al punto de las patologías que la contaminación sonora puede generar, Viladesau destacó: “Si el oído está sometido al ruido de un recital y luego tiene un rato de descanso se recupera. Si el impacto es constante, puede haber una fatiga crónica del oído”.

“Hay zonas de la Ciudad en las que de noche también puede haber decibeles muy altos de contaminación. Eso dificulta las horas de sueño y termina generando problemas de atención, en el trabajo, el aprendizaje”.

Elisa Viladesau, fonoaudióloga.

“Una patología que se ve mucho en ciudades muy ruidosas y los ámbitos ruidosos es el trauma acústico-agregó la fonoaudióloga-. Es la pérdida de sensibilidad de ciertas frecuencias. En un estudio de audición aparece todo con normalidad hasta que se llega a determinadas frecuencias muy altas y se produce una caída en pico y ya no se escuchan”. “Si esto se prolonga en el tiempo, se va perdiendo otras”.   

Otra enfermedad tiene como síntoma un zumbido dentro del oído. “Lo que la gente suele llamar zumbidos es tinnitus. Es un daño o irritación en el oído interno que genera esto. Puede ser en un oído o en los dos”.  

Los efectos en la salud también son psíquicos. “Hay estrés, irritablidad. Hay zonas de la Ciudad en las que de noche también puede haber decibeles muy altos de contaminación. Eso dificulta las horas de sueño y esto terminar generando problemas de atención, en el trabajo, el aprendizaje. Es un tema muy complejo”.

A fines del año 2004, la Legislatura porteña sancionó la ley 1540 de Control de Contaminación Acústica. La norma planteaba como meta, para el período diurno, un máximo de 65 decibeles para las zonas más ruidosas de la Ciudad. Hay un largo trecho por recorrer.