Camila O’ Gorman, niña mimada de la aristocracia, fusilada a pedido de su padre y de la Iglesia

Por Valentina Herraz. Especial para Diario Z

Los romances de telenovela no siempre terminan bien. En la Argentina post 1810, para la aristocracia nativa, el amor no era una prioridad. Los casamientos no eran otra cosa que la vía para sellar acuerdos económicos entre familias acomodadas. Y las jóvenes, moneda de cambio de esos acuerdos. Que una mujer no consiguiera un buen marido era tema de preocupación. Muertos sus padres, quedaba condenaba a vivir como agregada en la casa de sus familiares… o en un convento.

Camila, que nació en fecha patria, el 9 de Julio de 1825, fue la quinta hija del aristocrático matrimonio entre el francés Adolfo O’ Gorman y la porteña Joaquina Ximénez Pinto. Acaudalados y muy cercanos al gobierno, sin embargo, sobre la familia existía una sombra incómoda: la madre de Don Adolfo era La Perichona, la bellísima y desparpajada amante de Liniers, alguna vez expulsada de Buenos Aires. La Revolución de Mayo le había permitido regresar de Brasil, “a condición de que no se estableciera en el centro de la ciudad, sino en la chacra de La Matanza, donde debía guardar circunspección y retiro”.

La nieta de tan ilustre abuela fue bautizada María Camila en la iglesia Nuestra Señora de la Merced. Entre sus hermanos, dos cumplieron a rajatablas el mandato de su clase social. Eduardo buscó una posición en la Orden Jesuita y Enrique llegó a estar al frente de la policía y la penitenciaría.

La joven Camila era amiga íntima de Manuelita de Rosas y con frecuencia tocaba el piano y bailaba en las fiestas del Restaurador de las Leyes. La joven señorita era considerada un ícono de la sociedad educada. Pero a escondidas leía libros prohibidos y nutría una sensibilidad particular por los humildes y las esclavas que servían a la familia. Camila no solo había heredado la belleza de su abuela.

A los 18 años, la joven conoció a un sacerdote jesuita que había compartido seminario con su hermano mayor. El cura Ladislao Gutiérrez, sobrino del gobernador de Tucumán, fue nombrado párroco de la familia O’ Gorman. Por su nivel social, Gutiérrez fue bien recibido en tertulias y encuentros familiares. Ella tenía 18 años, el 24: el romance no tardó en concretarse.

Camila O’ Gorman decidió abandonar su vida acomodada para realizarse como mujer, una osadía para la época en la que nació.

Fueron tres años de un inmenso amor clandestino hasta que en una madrugada de 1847 se fugaron a caballo con destino a Río de Janeiro, por entonces capital del Imperio de Brasil. No llegaron a la ciudad carioca, se instalaron en la villa de Goya, en la provincia de Corrientes, sobre el Paraná.  

En Goya contaron una historia falsa: que viajaban desde Salta, que eran comerciantes pero habían decidido convertirse en educadores. Fundaron una escuela en la casa en la que vivían -la primera de Corrientes- y era tal la demanda de la zona que dos veces arrendaron casas más grandes. Ladislao cambió su nombre por el de Máximo Brandier y Camila por el de Valentina Desan.

La pequeña sociedad goyense los aceptó con los brazos abiertos, educaban a sus hijos, sabían cantar, bailar y eran una pareja enamorada y agradable. Ese bienestar los disuadió de huir a Brasil, donde hubieran pasado inadvertidos.

Cuando los porteños se enteraron de la fuga, los rosistas sostuvieron que Camila había sido secuestrada por el cura. Nadie podría creer que la joven O’ Gorman hubiera tenido la osadía de entregarse a un cura y de salir olímpicamente del mandato social para el que había sido criada.

Camila, que estaba embarazada de 8 meses, defendió su amor y negó haber sido violada, juró que ella había iniciado el romance.

Siete meses vivieron en Goya hasta que la pareja bajó la guardia y se presentó en una fiesta. El sacerdote Michael Miguel Gannon reconoció a Máximo como Ladislao y lo denunció ante el juez de paz. Por órdenes directas del gobernador correntino, Benjamín Virasoro, ambos fueron trasladados a la cárcel.

Camila, que estaba embarazada de 8 meses, defendió su amor y negó haber sido violada, juró que ella había iniciado el romance. Gutiérrez pidió por la vida de su compañera embarazada, recordando que no había ningún elemento ni en el derecho canónico ni en las leyes de las Siete Partidas que condenara a una mujer en ese estado a la muerte.

Cuando Ladislao Gutiérrez, en su celda, que Camila correría su misma suerte, le escribió una esquela: “Camila mía: Acabo de saber que mueres conmigo. Ya que no hemos podido vivir en la tierra unidos, nos uniremos en el cielo ante Dios. Te abraza tu Gutiérrez”. 

Ladislao pidió por la vida de su compañera, recordó que ni en el derecho canónico ni las leyes de las Siete Partidas permitían condenar a una embarazada a la muerte.

Camila le pidió al comisario Soto, responsable del traslado de la pareja desde Corrientes hasta Santos Lugares, que le cortara una de las trenzas y se las llevara a su amado, separado en otra celda.

Las únicas que defendieron a la joven Camila fueron Manuelita Rosas, su amiga desde siempre; María Josefa, la hermana de Rosas, y la madre de la niña. El padre, en cambio, reclamó a Don Juan Manuel “el máximo castigo”. El arzobispo, otro tanto.

Así las cosas, Rosas les encargó un dictamen a los juristas Dalmacio Vélez Sarsfield, Lorenzo Torres, Baldomero García y Eduardo Lahitte. La respuesta unánime, incluido el futuro redactor del Código Civil, fue condenatoria.

Don Juan Manuel resolvió entonces el fusilamiento de ambos amantes. Que nadie dudara de que no había perdón ni para la violación de los votos ni para la desobediencia femenina al mandato social.

En las memorias de Antonio Reyes, comandante en Santos Lugares (hoy san Andrés), se cuenta que antes del fusilamiento el cura le hizo tomar agua bendita para bautizar al bebé en su vientre.

El historiador Julio Llanos afirma que la muchacha, antes de morir, expresó su último desafío: “Voy a morir, y el amor que me arrastró al suplicio seguirá imperando en la naturaleza toda. Recordarán mi nombre, mártir o criminal, no bastará mi castigo a contener una sola palpitación en los corazones que sientan.”

A muchos porteños se les estrujó el corazón por el fusilamiento de la joven embarazada, que ocurrió el 18 de agosto de 1848. En la breve biografía del Museo Histórico Nacional se menciona una nota de Memorias Curiosas, el diario de Juan Manuel Beruti: “Habiendo causado una sorpresa y sentimiento general a todos los habitantes de esta ciudad estas muertes, por un delito, que no creen mereciera perder la vida, sino una reclusión por algún tiempo, para que purgasen el escándalo que habían dado, por solo una pasión de amor, que no ofendían a nadie sino a si propios siendo lo más sensible que estaba embarazada de ocho meses, se lo dijeron al gobernador; pero éste señor, sin reparar la inocente criatura que estaba en el vientre, sin esperar a que la madre pariese, la mandó fusilar; caso nunca sucedió igual en Buenos Aires, de manera, que por matar a dos murieron tres”.

Muchos años después de ordenar el fusilamiento, desde Southampton, Rosas le escribió a un amigo de Buenos Aires: “Todos los primados del Clero me hablaron o escribieron sobre este atrevido crimen y la urgente necesidad de un ejemplar castigo, para prevenir otros escándalos semejantes o parecidos. Yo creí lo mismo. Y siendo mía la responsabilidad, ordené la ejecución”.

Los restos de Camila fueron trasladados el 2 de septiembre de 1852 a la bóveda familiar O’ Gorman -Isla en el Cementerio de la Recoleta.

Camila, como había sido llamada por sus padres, o Valentina como eligió llamarse, fue un estandarte para muchas otras jóvenes. Ella había dado un sentido a su vida y a su muerte: era legítimo hacer prevalecer el amor por encima de los mandatos sociales y familiares.

Valentina Desan de Brandier había desafiado a Dios, al Restaurador de las leyes, a su propio padre y al marido que le quisieron imponer.

Cómo saber más de Camila

Camila, de María Luisa Bemberg, protagonizada por Susú Pecoraro e Imanol Arias.

El romance trágico de Camila y Ladislao se ganó un lugar no solo entre los historiadores, también hay novelas y poemas que los recuerdan. “Una sombra donde sueña Camila O Gorman”, de Enrique Molina, es irremplazable.

También hay tres películas. La primera, Camila O’Gorman, fue filmada en 1910, protagonizada por Salvador Rosich y Blanca Podestá. La segunda, Camila, filmada en 1984, con Susú Pecoraro e Imanol Arias. Finalmente está Camila, nuestra historia de amor, escrita y dirigida por Fabián Núñez e interpretada por Natalie Pérez y Peter Lanzani (2015).