Buenos Aires necesita medio millón de árboles, espacios verdes y plantas nativas para recuperar la biodiversidad

Por Franco Spinetta

En la mayoría de los barrios porteños faltan espacios verdes y hay evidencia científica suficiente para sostener que esa carencia es muy perjudicial para la salud de la población, y especialmente para los más chicos. La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda entre 10 y 15 m2 de verde por habitante. La Ciudad de Buenos Aires tiene apenas 5,13 m2, uno de los peores índices a nivel mundial. Sin embargo, la realidad es bastante peor que lo que dicen los estandares oficiales porque, para llegar a los 5,13 m2, el gobierno de Horacio Rodríguez Larreta cuenta hasta el mínimo cantero y la más chica de las plazoletas. Todos los indicadores ambientales de la Ciudad dan mal.

La OMS opina que es necesario un árbol cada tres habitantes. Buenos Aires tiene tres millones de habitantes, pero solamente 470.000 árboles, según los registros oficiales. Esto implica que haría falta plantar, como mínimo, 530 mil árboles más. Y si se tiene en cuenta que normalmente ingresan a la Ciudad otras casi tres millones de personas todos los días, este número debería ser aún más elevado.

A ese diagnóstico llegó Marcelo Corti, arquitecto y director del Centro de Desarrollo Sustentable Geo de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA. “La Ciudad tiene una serie de problemas ambientales acuciantes”, advierte. “El primero es la falta de espacios verdes y, de forma asociada, la falta de arbolado. Lo grave es que estamos lejos de una solución”, agrega.

Corti señala que, además de ser pocos, los espacios verdes están “mal distribuidos”: en la Comuna 5 (Boedo y Almagro), la disponibilidad no llega a 2 m2 por habitante y en la Comuna 11 (Devoto, Villa del Parque, Villa Santa Rita y Gral Mitre): 1,5 m2. En el Norte de la Ciudad, en cambio, los guarismos están muy por encima del promedio general.

“Otro punto clave es el arbolado. Necesitaríamos tener un árbol cada tres habitantes, pero no llegamos ni a la mitad. Es una materia pendiente”, explica Corti. Y explica: “La Ciudad necesita una replanificación, la pandemia lo dejó muy en claro. No hay una lógica de planificación urbana que les dé preponderancia a los espacios verdes y al arbolado. Está a la vista que esto no es una prioridad para el gobierno de la Ciudad”.

La biodiversidad y su aporte al bienestar humano

En la misma línea reflexiona el ingeniero agrónomo Eduardo Haene, docente e investigador de la Universidad de Belgrano: “Percibo una inercia de mantener las ciudades como están concebidas y con pocas chances de cambiar. En el resultado, tenemos modelos de otros tiempos, anarquía y una desconexión con la naturaleza, no sólo a escala Ciudad de Buenos Aires, sino en el país”.

Haene apunta que la OMS ha demostrado que el bienestar humano en las ciudades está directamente relacionado con la “biodiversidad urbana”. Es decir, el impacto de la variedad de formas de vida presentes en una ciudad, tanto de flora como de fauna. “Hay acuerdos internacionales firmados por la Argentina en ese sentido, pero las acciones cotidianas son las pensadas hace un siglo, cuando la problemática ambiental no había surgido”, advierte.

¿Cuáles son esas acciones? “Hace un siglo nadie sospechaba las consecuencias que tendría para las ciudades arrasar con los restos de bosques nativos, secar humedales, diseñar barrios sin forestación, cubrir manzanas enteras con construcciones”, señala Haene.

Sin conciencia por la pérdida de calidad de vida, menos había estimaciones sobre el aumento del impacto ambiental. “Lo que nos preocupa es ver cómo se siguen esas pautas de principios del siglo XX cuando hoy sabemos que no son adecuadas”, insiste.

Las acciones individuales también tienen un efecto notable por la densidad demográfica de las urbes. Por ejemplo, quien elimina o no incorpora un cantero en la vereda, está afectando la salud de todo el barrio. En la Argentina, 9 de cada 10 personas viven en ciudades: “Por lo tanto, cada ciudad debe cuidar y restaurar su biodiversidad, es una prioridad sanitaria”.

En ese sentido, la situación de Buenos Aires es claramente desigual. Haene asegura que es “sorprendente las plantas y animales silvestres que aún encontramos en la región metropolitana de Buenos Aires”. Sin embargo, añade: “Nos preocupan las ausencias y los barrios que son desiertos de biodiversidad. Es muy contrastante la pobreza de flora y fauna entre los sitios ‘ricos’ y los barrios construidos por el Estado”.

Las aves y las mariposas son indicadores ambientales fáciles de registrar. “Su hallazgo nos permite comprender que hay más especies silvestres allí, aunque no sean tan notables”, explica Haene. “Hemos comprobado que el cultivo de pasionarias (Passiflora caerulea) aumenta el número de mariposas espejitos (Agraulis vanillae), las Asclepias la monarca austral (Danaus erippus) y las Aristolochia la borde de oro (Battus polydama). Logramos ver nacer estas maravillas aladas en nuestro hogar”, añade.

“Varias plantas nativas son clave para dar comida al zorzal, a la calandria, al celestino y al pepitero de collar, entre otras. Estas aves coloridas y de cantos fabulosos pueden hacerse más habituales en la región metropolitana de Buenos Aires si cultivamos anacahuita (Blepharocalyx salicifolius), chal-chal (Allophyllus edulis), jazmín de monte (Psychotria carthagenensis) y huevito de gallo (Salpichroa origanifolia), cuatro plantas ornamentales nativas”, continúa.

Buenos Aires está enclavada en una región templada de mediana biodiversidad, donde convergen tres ecorregiones: pastizal pampeano, bosque de tala y ribera platense asociada al Delta del Paraná. “Pero como todo se ha uniformado con un paisaje urbano de estilo europeo, los espacios verdes carecen de las especies nativas típicas de la región, inclusive las consideradas ornamentales en el hemisferio norte”, critica Haene, en relación a un aspecto a tener en cuenta para relanzar un plan de arbolado público.

“La biodiversidad de una ciudad es la que sus ciudadanos decidan. La apuesta es que las personas comprendan la realidad ambiental de su lugar y pidan cambios para mejorarla”, explica.

Biocorredores urbanos, una solución posible

El creciente movimiento ambientalista en la Ciudad, evidenciado en las movilizaciones en contra de la venta de Costa Salguero, puede redundar en una serie de propuestas para mejorar el panorama actual. Haene es autor de un proyecto para crear “biocorredores” urbanos. ¿De qué se trata?

El biocorredor es un ‘archipiélago’ de naturaleza en un mar de cemento, asfalto y chapas. La ecología nos enseña que en la medida que esas ‘islas’ verdes estén más cerca entre sí, muchas especies podrán emplear el conjunto como un solo territorio saltando entre una y otra”, enseña.

La importancia de las plantas nativas

Cuanto más grande la isla, mayor diversidad de flora y fauna, por eso las reservas naturales urbanas son las fuentes más sólidas. Para muchas especies los “puentes” entre islas son claves, por lo que el arbolado lineal de vereda es el mejor ejemplo: “Es urgente contar con variedad de árboles nativos en las calles, para brindar un bosque lineal por los cuales se desplacen aves y mariposas selváticas”.

Haene también resalta la importancia de los jardines privados, ya que la sumatoria de muchos patios equivale -en términos ecológicos- a una plaza, algo que va a contramano de la edificación de torres: “Siempre la diferencia la hace el uso de plantas nativas, la mejor garantía de brindar alimento y refugio a la fauna. Por ejemplo, la mayoría de las orugas (ciclo vital previo a las mariposas) sólo se alimentan de una o un número reducido de plantas nativas. Si contamos con estas ‘plantas nutricias’, podremos criar mariposas en nuestros jardines”

Para lograr este objetivo, dice Haene, “todavía hay vicios y una cultura de la simplificación que va en contra de la biodiversidad, o sea de la salud humana”. Y pone como ejemplo a las empresas que tienen a cargo el cuidado del verde urbano, que se acostumbraron a un “paisaje pobre y fácil de trabajar”.

“En la Argentina falta profesionalización, los contratos son imprecisos y hay ausencia de fiscalización técnica, lo cual atenta contra una búsqueda de un verde urbano con diversidad de especies nativas y el respeto de la biodiversidad. Ello se manifiesta tanto en el ámbito público como privado. La solución es simple: necesitamos jardineros en los jardines”, explica.