Más de 7 de cada 10 porteños tienen obesidad o sobrepeso, y los más afectados son los pobres

Por Franco Spinetta. Diario Z

Por razones evidentes, el Covid-19 captó toda la atención sanitaria de los últimos dos años. Sin embargo, otra pandemia acecha a la sociedad, en todas las edades y sectores sociales, aunque afecte más a los más pobres.

El sobrepeso y la obesidad son, por lejos, el “principal problema nutricional” de la Ciudad de Buenos Aires, según lo reconoce el propio Ministerio de Salud en un informe elevado a la Legislatura a principios de noviembre. Un dato que refuerza la necesidad de la ley de Etiquetado Frontal de los alimentos. 

El “Diagnóstico de la situación nutricional y alimentaria de la Ciudad” es un documento actualizado en diciembre del 2020, que se elabora con datos suministrados por los ministerios de Desarrollo Humano y Hábitat, de Salud (a través de las historias clínicas de los Cesac) y de Educación e Innovación.

Los niños están expuestos no sólo por una cuestión etaria, sino porque la propaganda dirigida hacia los menores de alimentos azucarados, dulces, confituras, es monstruosa.

dra. susana gutt

El relevamiento señala que la Encuesta Nacional de Nutrición y Salud de 2019 a nivel nacional arrojó que el 66,1% de la población argentina está excedida de peso. En la Ciudad, la población adulta con sobrepeso y obesidad trepa al 73,5%.

“Como consecuencia (hay) un aumento de diabetes, enfermedades cardiovasculares, respiratorias, renales y de algunos tipos de cáncer, y una baja prevalencia de desnutrición global y aguda en todas las edades”, indica el informe.

Tanto la encuesta nacional como la realizada por los centros de salud porteños coinciden en que entre quienes tienen exceso de peso, la mitad tienen sobrepeso y la otra mitad son obesos.

Los grupos sociales de menores ingresos “evidenciaron mayores índices de exceso de peso a expensas de mayor prevalencia de obesidad, que fue un 21% mayor en el quintil de ingresos más bajos respecto del más alto”.

Las estadísticas son claras. Los problemas de malnutrición son mayores en la población atendida en centros de salud de la zona sur. En esos barrios, el 48,5% de los pacientes son obesos y el 28,5% padecen sobrepeso. En el centro, la obesidad cae al 36,5% y en el norte vuelve a subir al 40,5%.

El consumo de alimentos saludables (fruta, verdura, carne, leche, yogur o quesos) es significativamente menor en los grupos de nivel educativo bajo y en los de menores ingresos.

El porcentaje de personas afectadas se incrementa de acuerdo con la edad: “El sobrepeso se observó en mayor magnitud en hombres y la obesidad en mujeres, presentando el valor máximo en el grupo de 50 a 65 años alcanzando un 56,8%”.

La obesidad se acentúa en la población más pobre

Los datos confirman una tendencia que ensombrece el futuro sanitario de la población: el consumo diario de alimentos saludables (frutas frescas y verduras, carnes, leche,  yogur o quesos) es “significativamente menor en los grupos de niveles educativos bajos y en los de menores ingresos”.

Por el contrario, los alimentos ultraprocesados (bebidas azucaradas, productos de pastelería, productos de copetín y golosinas, que poseen alto contenido de azúcar, grasas y sal y bajo valor nutricional) se “consumen más frecuentemente en los grupos en situación de mayor vulnerabilidad”.

“En todo el mundo, pero en especial en América Latina, la obesidad está afectando a las poblaciones más pobres porque está muy relacionada con la ingesta de alimentos ultraprocesados, con gran cantidad de grasa o jarabe de maíz de alta fructosa”, dice a Diario Z la médica Susana Gutt, médica de Nutrición del Hospital Italiano.

¿Por qué sucede esto? “Estos alimentos son los más baratos, son ricos, accesibles y sacian más que una manzana o una banana. Comer frutas, verduras, carnes o lácteos es más caro. En el fondo, es una cuestión de acceso a los alimentos, según el precio”, aclara.

Otro dato preocupante que arroja el informe es el “patrón alimentario de niños, niñas y adolescentes”. “Es significativamente menos saludable que el de los adultos/as”, asegura. “Los niños, niñas y adolescentes consumen un 40% más de bebidas azucaradas, el doble de productos de pastelería o de copetín y el triple de golosinas respecto de los adultos”, revela el documento.

La explicación es sencilla: “Este peor patrón alimentario infantil obedece probablemente a múltiples causas, como la publicidad dirigida a los niños/as, y entornos escolares obesogénicos, entre otras”.

“Los niños están expuestos no sólo al consumo de este tipo de alimentos, por una cuestión etaria, sino porque la propaganda que hay dirigida hacia los menores de alimentos azucarados, dulces, confituras, es monstruosa”, concuerda Gutt. Y añade: “La gente de marketing y publicidad saben esto: el niño les pide a los padres y los padres terminan cediendo”.

Así y todo, los datos de la encuesta porteña arrojan un número menor de niños y adolescentes alcanzados por el sobrepeso y obesidad, con un 38,8%, aunque se “destaca una mayor presencia de obesidad, alcanzando casi un 20% en la edad escolar de 6 a 14 años”. Además, se indica que el sobrepeso es más frecuente en las mujeres, mientras que la obesidad afecta principalmente a los varones.

Gutt asegura que la pandemia de obesidad se profundizó por la pandemia del Covid-19, debido al impacto del aislamiento y el incremento del sedentarismo. Con lo cual, Gutt estima que los indicadores que se relevarán durante este año podrían empeorar.

Una enfermedad crónica y dañina

“La obesidad es una enfermedad crónica, inflamatoria de bajo grado”, enseña Gutt. “Al cargarse de lípidos, la célula adiposa se va agrandando, se desfuncionaliza y empieza a secretar sustancias inflamatorias”, agrega.

Este fenómeno provoca inflamación en distintas partes del cuerpo, por ejemplo el endotelio -que es la parte interna de las arterias- y las articulaciones. Por otra parte, este tejido adiposo, cuando ya no tenga más lugar para inflamar, empieza a infiltrar órganos.

“Una persona obesa tiene un riñón obeso, un corazón obeso, un hígado con grasa y neuroinflación: las neuronas se inflaman, lo cual provoca una regulación del apetito alterada”, dice Gutt. “Y obviamente el páncreas tiene que fabricar cada vez más insulina, lo que provoca -en las personas con predisposición genética- diabetes. Las comorbilidades y complicaciones de la obesidad son muchas”, advierte.

Propuesta para revertir el escenario

Para la nutricionista del Hospital Italiano, las campañas de concientización sobre los efectos nocivos de esta clase de alimentos no funcionan del todo. “Lo único que funciona es el precio”, dice.

“Hace 25 años que le pedimos lo mismo al Estado: tienen que ponerle impuestos a estos alimentos, una golosina tiene que costar 300 pesos, una bebida azucarada 500 pesos: tienen que ser artículos inaccesibles”, propone.

¿Cómo justificar esa carga impositiva? “Porque es dañino para la salud”, responde, enfática. “La única manera de comprender, además de la educación alimentaria en las escuelas y en los centros de salud, es poner una barrera real y concreta. La verdad es que la obesidad en los niños es muy alta y es una condena para la adultez. El tejido adiposo se está extendiendo y multiplicando en esa edad”, alerta.