Aimé Painé: la cantora que recuperó la cultura mapuche y tiene una calle en Puerto Madero

Por Valentina Herraz. Especial para Diario Z

Entre los edificios suntuosos y los parques tan cuidados, entre los autos de máxima gama y los restaurantes elegantes, el cartel austero, blanco y negro, dice que estamos recorriendo la breve calle Aimé Painé. Tal vez no sea en una calle de Puerto Madero el lugar donde la histora de la cantante mapuche esté mejor representada pero esa calle es la excusa para que Diario Z cuente la historia de la primera mujer que subió a un escenario a cantar los cantos mapuches con la indumentaria, los vestidos y las joyas propios de las mujeres de su pueblo.

“Saber quién es uno es el principio de ser culto.” Es la frase que marcó a Aimé Painé, la cantante de origen mapuche que se convirtió en la abanderada de la recuperación de la cultura de su pueblo a partir de la década del 70. Era un acto de ruptura y de gran valentía en una época en que los pueblos originarios, además de resignarse a ser despojados de sus tierras, debían ocultar como una mancha el legado de sus ancestros, su lengua y sus tradiciones.

La mujer de hermosa cabellera oscura fue una bisagra contra esa opresión cuando empezó a cantar las cantos rituales y a usar, orgullosamente, los trajes del pueblo mapuche en sus recitales y entrevistas. Esa forma de volver a la luz la indumentaria tradicional -cargada de enorme simbología- brillaba como un cartel de letras de neón: “No me avergüenza mi origen”.

Aimé nació el 23 de agosto de 1943 bajo el nombre de Olga Elisa en Ingeniero Huergo, Río Negro. Abandonada por su joven madre tehuelche, la nena vivía con su Segundo Painé, papá mapuche, y sus dos hermanos. Cuando tenía 3 años, el Estado consideró que no iba a crecer bien en ese hogar y la arrancó del rancho de adobe en el que vivían. Detrás de esa “preocupación”, una política sistemática de transculturización de los niños y niñas originarios, separados brutalmente de sus familias para que los “occidentalizaran” en orfanatos regidos por monjas católicas.

A partir de ese momento las habitaciones colectivas del enorme y temible Instituto Unzué de Mar del Plata fueron su casa, pero no un hogar. Las monjas franciscanas no se parecían a una madre ni a su papá y le hicieron sentir la diferencia entre ser una nena “normal” y una nena mapuche.

Algunos dicen que Aimé era nieta del gran cacique tehuelche ranquelino, el lonco Painé Ngürü. Nacida o no “princesa india”, la niña fue educada en la fe cristiana y en el canto gregoriano. Como una huérfana, sin familia y sin identidad.

Esa nena silenciosa y solitaria ansiaba, sin embargo, la llegada de las grandes fiestas religiosas como Semana Santa y Corpus Christi porque era la época de interpretar los cantos gregorianos, que le recordaban tanto a los de la abuela Domitila, una machi, una anciana mapuche de Ingeniero Huergo.

Apenas cumplidos los 7 años, el destino de Olga Elisa volvió a cambiar. Su voz extraordinaria le ganó un lugar en el coro del orfanato. Conmovidos por esa voz potente y melodiosa, el abogado Héctor Llan de Rosos y su esposa decidieron adoptarla. Esto no significó que tuviera una nueva familia: la inscribieron pupila en un colegio, decididos a que estudiara música.

Olga tuvo profesores de música, canto y guitarra para perfeccionarse. Quienes la adoptaron la imaginaban una gran cantante clásica. Apenas pudo independizarse, Olga viajó a Buenos Aires. Siguió estudiando canto y a los 30 años, en 1973, logró entrar al Coro Polifónico Nacional: se había preparado toda la vida para ese lugar. Ese fue el inicio de la segunda parte de su vida.

Poco después el Coro Polifónico fue convocado a un Encuentro Internacional de Coros en la Ciudad de Mar del Plata. Fue entonces cuando Aimé descubrió que el único país que no había preparado ningún tema folklórico ni de los pueblos originarios, que negaba totalmente sus raíces, era la Argentina. La ganó el enojo y la decepción, pero también la fuerza para empezar a cambiar. Mientras Aimé ganaba lugar, Olga iba quedando atrás.

Aimé empezó cantando con su guitarra canciones folclóricas y se contactó con el antropólogo Roberto Casamiquela, un estudioso de la Patagonia. Fue él quien insistió en que no sólo debía recuperar la cultura mapuche, también debía incluir esas canciones en su repertorio. Aimé se convirtió así en la primera cantante de proyección internacional en llevar al escenario cantos ceremoniales en mapudungun, la “lengua de la tierra”, el idioma mapuche.

En sus viajes al Sur, Olga conoció a las machis, transmisoras de la cultura ancestral mapuche. Busca y encuentra a su padre y a sus hermanos, y retoma su nombre, Aimé, a la vez que cambia la guitarra por un kultrun fabricado por su propio padre.

Recital en vivo en la Escuela Normal de Esquel en 1983. “Que los niños crezcan con la dignidad que le dejaron los abuelos tehuelches y mapuches”

Dentro de las comunidades, muchos le dijeron que a nadie le importaba ya esa cultura pero ella estaba empeñada en probar que vivieran los mapuches, la cultura vivía. Aimé dedicó mucho tiempo a hablar con las “abuelas” de la comunidad. Cuando ganó su confianza, las machis le permitieron grabarlas cantando y le explicaron el sentido de cada canción.

Son los cantos ancestrales que va a llevar a los escenarios, cada uno acompañado por su explicación. “A través de las canciones les devuelvo retazos de memoria”, dijo una vez. Sorprende que la mayor parte de su carrera transcurriera la durante la dictadura, pero los militares no entendieron el peso político de sacar del olvido a los primeros pobladores del país y a su historia.

En sus largas conversaciones y recorridas por las comunidades, Aimé decidió que para frenar la desaparición de su cultura era necesario que los niños y niñas aprendieran su origen y así mantener viva la lengua y las costumbres. Entonces empezó a visitar las escuelas del sur argentino y chileno. La llenaba de alegría encontrar una niña o un niño que supieran hablar mapudungun.

De regreso a Buenos Aires presentó un proyecto ante el Ministerio de Educación solicitando la educación bilingüe para todas las comunidades aborígenes. Juntó firmas de profesionales, personalidades y músicos, pero simplemente le dijeron que no.

Aimé Painé fue vocera de las comunidades originarias allí donde llegó con sus cantos, pequeños pueblitos, las ciudades importantes, y en el exterior. Estuvo sentada con sus trajes típicos a la mesa de Mirtha Legrand y así abrió los ojos de muchos otros miembros de su comunidad, que habían sido educados en la idea de que era normal ocultar su identidad.

La cantante mapuche nunca logró que una disquera le grabara un disco. Su música era clandestina y corría por carriles paralelos a las de la industria musical. En cada recital ganaba adeptos pero también burlas y rechazo. No se dio por vencida nunca.

Murió joven, en setiembre de 1987, a los 44 años, derribada por un aneurisma cerebral sobre un escenario en Paraguay. Se la lloró de un lado al otro de la cordillera: su voz melodiosa sintetizó miles de voces y gritó la furia y el dolor por cinco siglos de expropiación y discriminación.

Fue la muerte la que pudo callar esa voz, nadie la nombró por más de dos décadas. Hasta que la periodista Cristina Rafanelli, quien la había conocido en la juventud, publicó una biografía -“Aimé Painé la voz del pueblo mapuche”- y la rescató para la historia de las mujeres de nuestro país.

“Aimé Painé fue una luchadora increíble que trató de devolverle a su pueblo la dignidad perdida. Ella se encontró con que las abuelas no querían hablar la lengua, habían dejado de transmitir su cultura a través de la oralidad. Luego de la Campaña del Desierto, y con toda la dignidad de aceptar una derrota para tratar de que las nuevas generaciones puedan sobrevivir, se había cortado esa cadena. Por eso el valor de Aimé. Ella empieza a recuperar de a poco esa cultura”, dice Rafanelli

Este año, la directora Aymará Rovera filmó la serie “Soy Aimé”, protagonizada por Charo Bogarin. Se puede ver de forma gratuita en la plataforma Cont.ar.