“La ley de salud mental garantiza la atención, no es excusa para tener una sala sin enfermeros”

Por Franco Spinetta. Diario Z

La Ley Nacional de Salud Mental, sancionada después de mucho debate a fines del 2010, se convirtió en el chivo expiatorio de algunos sectores que, ante la compleja problemática que representan las patologías psiquiátricas, no dudan en culparla de todo que se hace mal o a destiempo en la materia.

Así lo considera María Graciela Iglesias, secretaria ejecutiva del Órgano de Revisión de Salud Mental (ORN), una entidad de rango nacional creada para supervisar el sistema y su adecuación a la normativa.

Iglesias es abogada, especializada en Derechos Humanos y en Derecho de Familia, docente en la Maestría en Psicopatología y Salud Mental en la Universidad de Rosario y una amplia conocedora del sistema que le toca supervisar.

Al ORN llegó el caso de K.M., un paciente del Hospital Borda que el 1 de diciembre falleció tras recibir una brutal golpiza de otro paciente durante la madrugada, cuando no había en el pabellón ni siquiera un enfermero asignado. “El Estado no puede abandonar la responsabilidad de cuidado. No es una excusa la ley para no tener un enfermero a la noche. Eso es dar vuelta las cosas, es barato y reduccionista”, dice Iglesias a Diario Z.

La trágica historia de K.M. es un fiel reflejo del estado del sistema: era una persona con una discapacidad, sordera, internada en un neuropsiquiátrico. De origen asiático, con su padre en Venezuela y su madre en China, ambos muy mayores, se había formado en Estados Unidos, manejaba el lenguaje de señas de allá y no entendía el castellano.

K. M. llegó a la Argentina con dinero, un dispositivo auditivo y un proyecto de realización en informática. No bien llegó a la Argentina, le robaron todo, hasta el pasaporte. Tras una serie de derivaciones, llegó al Borda, comenzó la pandemia y quedó enrevesado en los recovecos de un sistema en plena mutación.

La titular del ORN explica que los neuropsiquiátricos están atravesando un proceso de profunda transformación, una suerte de desmantelamiento de prácticas de atención que quedaron en el pasado. Mientras la admisión decrece, los pacientes pasan a atenderse en los hospitales generales y se reinsertan en la sociedad a través de dispositivos intermedios. En tanto, los viejos neuropsiquiátricos deben garantizar los servicios para las personas alojadas y evitar situaciones como la muerte de K.M. “La ley garantiza la atención en los hospitales, lo cual es una cuestión de criterio: personas que están en una admisión que representan un riesgo cierto inminente, no se los puede dejar solos”, explica.

¿Cómo sería ese proceso de transformación?

La apuesta es la sustitución de un hospital que no puede seguir funcionando con la lógica que tuvo históricamente. El planteo es que caminen hacia la adecuación y que las personas sean atendidas en una red comunitaria donde el hospital ocupe un lugar de hospital polivalente, no monovalente. En ese proceso de transformación se tienen que tener en cuenta los recursos necesarios para garantizar la atención. Es decir, que se avance hacia la transformación no implica no garantizar la atención.

¿Eso se está cumpliendo?

Lo que estoy viendo son señales de querer avanzar en la transformación y, por otro lado, una situación histórica donde se establece una doble vara: una cosa es la mañana, cuando están todos los equipos y, luego, la soledad de la tarde y de la noche, que habilita a que pasen este tipo de situaciones (como la muerte de K.M.). El alojamiento permanente de personas por un diagnóstico psiquiátrico genera estas cosas.

También aparecieron nuevamente críticas a la ley de salud mental.

Se le echa la culpa a la ley, pero la ley no es la responsable. Lo que establece la normativa dice justamente lo contrario: acompañamiento, apoyo, una red de cuidados continuos para poder vivir en comunidad. K.M. no debería haber estado en el Borda, que se termina convirtiendo en un reservorio, donde terminan mezclándose situaciones de vulnerabilidad social muy complejas. Mientras se cumple con un proceso real de transformación, y no con meros anuncios, se deben crear dispositivos, empezar a cerrar la admisión, pabellones y construir ofertas para la vida en el afuera. Pero también la ley garantiza la atención en los hospitales, lo cual es una cuestión de criterio: personas que están en una admisión que representan un riesgo cierto inminente, no se los puede dejar solos.

¿Por qué pasó lo que pasó entonces?

Es una situación que puede ser habitual (uno hace un gesto que el otro entiende mal, por ejemplo), pero hay que tener los recursos para poder arbitrar en una situación como ésta. Pero esos recursos no estaban, fueron los propios usuarios quienes fueron a buscar ayuda, corriendo.

En los últimos años hubo una reducción muy fuerte de la población internada en el Borda y siempre se corre el rumor de que la gente en situación de calle proviene, en gran parte, de allí.

Lo que sucede es que los dispositivos intermedios, la famosa red, no funcionan. Para no ver esa situación, esas personas tienen que tener centros de día, lugares donde se puedan atender. Hay señales previas que indican la falta de medicación o de atención. Lo que hay que tener es una política pública que permita atender a estas patologías en la comunidad. Cuando alguien no está bien, ¿quién se da cuenta en la calle? ¿Cómo evitamos situaciones como la que se vivió en el Malba o en Retiro? ¿Dónde está el ámbito sanitario que les puede dar una respuesta? No está. La gente no nació para morir en un hospital, eso ya cambió, está muy bien que disminuyan las camas y se piensen en dispositivos en el afuera. Lo que está muy mal es que en este proceso de cambio, el Estado abandone la responsabilidad de cuidado. No es una excusa la ley para no tener un enfermero a la noche. Eso es dar vuelta las cosas, es barato y reduccionista.

Recién mencionó que los dispositivos de medio camino no están funcionando, ¿cuál es la realidad en ese sentido?

En la Ciudad los dispositivos están aislados. Ha habido mucha movilidad, hubo una disposición de algunas autoridades para que se haga la atención en los hospitales generales y en los CESAC. Que una persona pase a atenderse del hospital monovalente al general, no puede implicar la pérdida de un recurso, sino la reconversión para garantizar esa atención. Nosotros nos la pasamos buscando dispositivos, hogares, siempre con desesperación. Lo que necesitamos construir es un sistema no desesperado, con más recursos.